Estáis todos perdonados
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Estáis todos perdonados. Otegi lamenta el daño y condona el próximo Ongi Etorri, coros y danzas celebrados con emoción y pompa en honor a unos sujetos con un currículum digno de Jack el Destripador. La clase de festejos que pasan por normales, convencionales incluso, en una tierra tan emponzoñada de odio, con el compás moral tan reventado y una ciudadanía tan poco autoexigente en lo tocante a revisar sus responsabilidades, por acción y, sobre todo, por omisión, como el purulento y satisfecho País Vasco de los mil y un relatos y los doscientos mil pintxos cocinados con sangre.

Va a ser que nos pasamos tres pueblos, musita Arnaldo. Nuestro hombre para la guerra y la paz. Timonel y pacificador. Reconoce los excesos y pasotes, cómo no. Al mismo tiempo, él, los suyos y su putrefacta comparsa, Podemos, indistinguible de la mafia que jaleaba al ofidio, boicotean por Europa la investigación de los trescientos asesinatos de ETA que siguen irresueltos. Investigar reabre heridas. Mal negocio reanudar el mal rollo cuando estamos tan a gustito imbuidos de la condición de víctimas.

Estáis perdonados, sostiene un terrorista. El mismo que hace unos días alababa la buena conducta, constructiva y blablablá, de Maixabel. Me refiero a la señora, luego película, que primero enterró un marido y más adelante, dueña del sacrosanto derecho a mETAbolizar como le pete o pueda, perdonó al asesino. Lo perdonó pero no obtuvo una explicación satisfactoria para entender por qué mataron a Jauregui. La causa, colocada muy por delante del objeto, quedaría desactivada si los verdugos reconocen que ningún proyecto vale un hombre. Seguro que fue un gran tipo. Murió como otros. Sacrificado en nombre de un bien superior.

Otegi hace el numerito y, francamente, tampoco entiendo el afán por sus disculpas. Qué importará si el monstruo se arrepiente. Si finge, llora o se la suda. Los muertos están muertos y los fines que condujeron al exterminio, los motivos que aconsejaron su liquidación, permanecen siguen lustrosos. Mataron, secuestraron, torturaron y expulsaron para destruir la hipótesis de un País Vasco libre. Secuestraron la libertad, pisoteada desde el momento en que fuera del caldo nacionalista no resta oxígeno. O nacionalista o a tomar por rasca. Torturaron, de pensamiento, palabra y obra, a quienes habían denunciado sus momios siniestros. Su codicia de carniceritos. Sus querencias xenófobas y afanes cesaristas. Expulsaron de su hogar a cientos de miles de descreídos, excomulgados por su negativa a tragar con el ricino del padre Arana y su representante posterior, aquel Arzalluz con mirada y frases que cualquier observador habría atribuido sin esfuerzo a un guardia en Treblinka.

Corría el año 2010 y ETA dejó de poner bombas. Le perdonaba la vida a los españoles a cambio de que el gobierno de Zapatero obviara su estigma asesino, negociación mediante. De las treguas brotó una ETA legitimada. Reformulada a partir de las mismas tesis de siempre. Reseteada para concursar con éxito en unos tiempos más humanos o, al menos, poco partidarios del esfuerzo que implica justificar los sesos del vecino desparramados por la acera. Algo es algo y ETA, su ideario, sobrevivió a todo. Al antifranquismo. Que nunca fue tal. Que apenas fue carcasa, cebo, motorcito del prestigio, indispensable condición para ganarse el reconocimiento, de aquí a Le Monde y más allá. De paso renueva su antiespañolismo. Acendrado y macizo. Intratable. Con su brazo político listo para sumarse a la competencia partidista. Diez años después de que estallara la paz la terminal política del terror es la segunda fuerza del País Vasco, el resto de la izquierda asume como inevitable su muy racista cosmovisión y el PSE ha consumado la alianza, feliz viajero de una travesía rumbo a la nada local enriquecida y abonada con sus propios cadáveres. Estáis todos perdonados, ríe Otegi, y nadie protesta allá en los cementerios, hermanados por el silencio de los que asesinaron, el dolor imprescriptible de sus familiares, la cobardía de los que callaron y el morro infinito de quienes hicieron y hacen negocio.