Hablemos de nosotros

Hechizados y atontados con la flauta dulce de unos sujetos que nunca encontraron motivos para renunciar al tuétano que alimentó sus bárbaras acciones

Julio Valdeón

Algún día tendremos que hablar del periodismo. De la resaca posterior al jolgorio de Bildu. Las tertulias de estos días, especialmente en televisión, fueron de una banalidad aplastante. De una perversidad a juego con el banal empeño de exigir lágrimas de yacaré al asesino. Cuajó la nata espesa del ruido a cuenta del terrorismo. Ha ganado la novelería que reclamaron sus portavoces. Lo siento. Lo sentimos. Cuánto hemos sufrido. Todos sufrimos. Hubo mucho dolor. Mogollón de pupa. Demasiados años de tiros en la nuca. Con unos años y unas fosas menos nos habríamos arreglado. Prolongamos la orgía más de la cuenta. Los conflictos, señora, los conflictos tienen estas cosas, señora. Estas pesadas digestiones. Estas eucaristías de sangre. Esta lacrimosa sinfonía sobre las tumbas. Este tufo a comedia de serie B. Escuchar a Otegi una mañana en plan modoso y al día siguiente, delante de los suyos, contemplarlo en todo su fúnebre exhibicionismo, feliz de compartir su visión política y su mano izquierda, encantado de explicar la legítima (y nauseabunda) estrategia para sacar a los presos de las cárceles, ha servido para desnudar, antes que nada y sobre todo, a unos analistas, unos periodistas, unos contertulios y etc., que delante del paquidermo apenas si somos capaces de señalar al escarabajo pelotero. Al insecto gordo, ridículo y pequeño, que avanza en la retaguardia hedionda del gran elefante. Pase que el desgraciado gobierno de la nación haya aceptado depender a lengua abierta con los verdugos. Si total, si antes pactó con los golpistas e incorporó al ejecutivo a los populistas. Pase que en su deriva inescrupulosa el presidente Sánchez baile con los conjurados para destruir la democracia a punta de pistola y dinamita, algo impensable en cualquier otro país que haya convivido con el terrorismo. Pero lo que ya resulta incomible, intragable, insufrible, son las disquisiciones sobre la calidad, limpidez, transparencia, color, aroma, matices, intensidad, bouquet y fluidez de unas declaraciones, las del ex terrorista, que palidecen frente a la verdad terrible de un proyecto totalitario en marcha. Porque es posible que Otegi sienta en lo más hondo el sufrimiento de los otros, pero es seguro que su destrucción física, la mutilación de tantos, la expulsión de miles y la aniquilación de cualquier programa enemistado con el nacionalismo y sus locas ambiciones, rindieron grandes frutos a los albaceas, mamporreros, colaboradores, cómplices y allegados de un movimiento racista que ha logrado lo más difícil. Sobre las ruinas de una Eta grogui gracias al sacrificio de la policía y la Guardia Civil, frente a un Estado que parecía triunfante, hoy fulge una organización que condiciona al gobierno y mantiene intacto su proyecto monstruoso. Y los periodistas, nosotros, a uvas o peor. Hechizados y atontados con la flauta dulce de unos sujetos que nunca encontraron motivos para renunciar al tuétano que alimentó sus bárbaras acciones.