Estancamiento o naufragio
La contrarreforma de la contrarreforma propuesta por Calviño, sean cuales sean los términos en los que por fin se concrete, será aceptada en Bruselas como un mal menor
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Dos mujeres simbolizan el principal dilema del gobierno de Sánchez, enfrentado al cumplimiento de la promesa de hacer la contrarreforma laboral. Una, Yolanda Díaz, representa la vuelta a la situación previa a las reformas laborales del Partido Popular de 2012 y, con toda probabilidad, a las realizadas previamente por Rodríguez Zapatero en 2010. De la propuesta de Nadia Calviño, en cambio, sabemos menos. La ministra ha hablado de «europeizar» el mercado de trabajo, un poco como el propio Sánchez ha hablado de su modernización, su actualización o su dinamización. Son términos que, pasados los furores europeístas de las elites y, en general, de la sociedad española, no significan gran cosa.

Más bien contribuyen a aumentar la sensación de que la alternativa a Díaz no está clara. Ni la simplificación de los contratos, ni el establecimiento de un nuevo mecanismo permanente de flexibilidad como el de los ERTE, ni la regulación de las subcontratas, ni el «reequilibrio» en la negociación colectiva ofrecen una idea clara de adónde se quiere ir. Más bien parecen elementos políticos de negociación para conseguir un pacto con la patronal (los dos primeros puntos) y los sindicatos e Izquierda Unida (los otros dos). El objetivo: lograr un acomodo que permita, sin demasiado coste político, aparentar que se cumple con la exigencia de la UE de continuar y profundizar en una de las reformas que más efectos positivos ha tenido en la sociedad y la economía españolas.

Como las instituciones europeas no quieren afrontar más problemas de los que ya tienen, y en vista de lo que puede suceder si Yolanda Díaz se sale con la suya, la contrarreforma de la contrarreforma propuesta por Calviño, sean cuales sean los términos en los que por fin se concrete, será aceptada en Bruselas como un mal menor. Y permitirá a Sánchez asumir el papel reformista sin tocar nada de lo importante, que es de lo que se trata.

La gran línea política del presidente del gobierno y su ministra de Economía consiste por tanto en evitar a toda costa lo que pretende hacer una parte de su propio gobierno, que es aquello mismo a lo que el presidente se comprometió. Y que consiste, por lo sustancial, en volver a una situación donde la única forma de ajustar la realidad empresarial a la realidad económica era el despido –masivo–. La reforma laboral del PP, precedida de la del PSOE, evitó esta situación y empezó a plantar un escenario muy distinto, en el que las empresas –es decir, los trabajadores y los empresarios– empezarían a ser capaces de alcanzar por su cuenta, mediante una auténtica negociación de las partes implicadas, fórmulas de adaptación a una realidad cambiante. Además de reducir el umbral del paro estructural, también permitiría crear empleo con menor crecimiento y evitaba su destrucción sistemática y vertiginosa en momentos de crisis. Planteaba también un reto a la sociedad española, sus agentes sociales y todos los que participan en la economía: la voluntad y la capacidad de actuar con autonomía. De todo esto, no quedará nada si Yolanda Díaz gana el pulso. Pero tampoco se habrá avanzado si sale vencedora Calviño. Es la alternativa que ofrece Sánchez en la economía: estancamiento o naufragio.