Fiebre primaveral

La pandemia ha cambiado muchas cosas, no solo para los ancianos y jóvenes, sino también para los otoñales

Sabino Méndez

Aunque racionalmente no puedo menos que condenar la absurda fiebre de botellones que en el momento más inoportuno embargó este verano a mis conciudadanos más jóvenes, he de reconocer que, al menos humanamente, sí que comprendo esa absurda ansía de tanta tontería. Explicaré por qué. Justo cuando se desató la pandemia nos habíamos reunido un grupo de amigos de la juventud todos con un denominador común: nos acabábamos de divorciar en una edad cercana a los sesenta años. Con los problemas para socializar que el confinamiento decretaba a partir de ese momento, todos coincidimos con bastante realismo que, debido a las circunstancias, nos esperaba una época de ineludible celibato accidental inducido por la irremediable situación. Nos consolamos pensando en el día de la liberación. Dimos en pensar que, cuando se levantara el estado de alarma, los locales iban a estar a reventar de gente hambrienta de jolgorio. Imaginamos un panorama donde las reuniones de amigos iban a ser una especie de Sonorama o Starlite doméstico. Los salones del «Luz de Gas» o el «Sutton» en Barcelona parecerían esos días los escenarios de míticas bacanales romanas. Nada más lejos de la realidad. En lugar de una explosión de alegría y desenfreno, en lugar de una salida de las ansias cual taponazo de champán, lo que hemos presenciado finalmente son, por un lado, más botellones y, por otro, «Los vencejos» de Aramburu; cosas ambas que seguro tienen sus bondades indudablemente, pero que, más que joviales, se distinguen por un sesgo atormentado algo cenizo.

La aparición de esa deseada primavera al final del verano, parece que se ha malogrado definitivamente entre protestas de la policía (porque ni se sienten respaldados, ni se les dejan trabajar a gusto) y variantes delta del virus que siguen acechando por los rincones del mundo pegaditas a la inflación. La primavera en otoño se ha quedado sin futuro. La pandemia ha cambiado muchas cosas, no solo para los ancianos y jóvenes, sino también para los otoñales.