Fértil cinismo

La lealtad política se compra con dinero público, y el tiempo consolida esta corrupción, como hemos visto en varios países, España incluida

Carlos Rodríguez Braun

Por desprestigiado que esté el cinismo, resulta fértil analizar la política partiendo de la base de que tiene que ver mucho más con lograr el poder y conservarlo que con hacer lo mejor para el pueblo.

Este es el punto de vista que propugnan los profesores Bruce Bueno de Mesquita y Alastair Smih en su libro: «El manual del dictador. Por qué la mala conducta es casi siempre buena política», que publica Siruela.

Los autores están lejos de ser indiferentes ante las formas políticas, y defienden la democracia frente a la dictadura, pero no porque en la primera los políticos sean natural o necesariamente buenos, sino porque el sistema los incentiva a que, persiguiendo su propio interés, es decir, el poder, promuevan el bienestar de sus súbditos o, al menos, no lo dañen demasiado durante demasiado tiempo. La lógica es la inversa en las dictaduras, de las que ponen numerosos y terribles ejemplos dentro de un sugerente marco de reflexión que gira en torno al funcionamiento y el tamaño de las coaliciones de las que dependen los gobiernos.

Las relaciones entre política y economía están siempre presentes, con matices que pueden ser sorprendentes. Guinea Ecuatorial, por ejemplo, es un país con una renta per cápita muy superior a la de Honduras, donde, sin embargo, los ciudadanos tienen un amplio acceso al agua potable, de la que no disfrutan ni la mitad de los ecuatoguineanos. La explicación estriba en la democracia hondureña, que incentiva las inversiones que favorecen a la mayoría del pueblo.

Matizan a Lord Acton sobre el poder y la corrupción, cuya relación sostienen que es bidireccional: «el poder conduce a la corrupción y la corrupción conduce al poder». La lealtad política se compra con dinero público, y el tiempo consolida esta corrupción, como hemos visto en varios países, España incluida. La limitación de la corrupción, otra vez, estriba en la democracia, donde los gobernantes no pueden acabar del todo con la prensa libre.

Es particularmente brillante y devastador el capítulo 7 sobre la ayuda exterior, que en la mayor parte de los casos oscila entre la inutilidad y el daño objetivo, al contribuir a consolidar los regímenes más siniestros. Pero es una ayuda cuya finalidad no es aliviar la miseria fuera de los países desarrollados sino satisfacer al electorado, y por tanto al Gobierno, dentro de esos países.