Zemmour contra Macron

Por fin un personaje dispuesto a reírse de ese símbolo vacío, como el féretro de Joséphine Baker, que ha querido encarnar Macron

José Marco

Hace dos días se celebró en París una ceremonia intrínsecamente francesa. Los franceses la llaman «panteonización». Consiste en proceder al ingreso de un personaje en el panteón de los dioses de esa religión cívica que fue la República. Hasta ahora –me parece– la «panteonización» era, además de espiritual, física: los restos mortales del sujeto, o alguna de sus vísceras, como las reliquias de los santos cristianos, se depositaban en la iglesia habilitada como templo republicano. Allí está enterrado el pobre Voltaire, al que –en vida– espantaba la idea de no reposar en tierra consagrada. La novedad del otro día es que el protagonista de la ceremonia de canonización era un féretro vacío. Los restos mortales de Joséphine Baker, que era quien subía a los altares, siguen depositados en Mónaco.

Valió la pena contemplar, al menos un rato, el vistoso show de luz y sonido, incluidos los números bailables –como se hubiera dicho antes, en tiempos de Baker– con los que se celebró el acto. En el momento justo en el que arranca la campaña electoral que culminará el próximo abril con las elecciones presidenciales, y con su «quinquenato» presidencial a punto de concluir, la ceremonia fue la apoteosis del macronismo. En su momento, el macronismo quiso ser la superación de la antigua división entre izquierda y derecha, y la propuesta de un nuevo consenso, de orden fundador, para una Quinta República en crisis. En cuanto a lo primero, Macron ha conseguido, sin duda alguna, la destrucción de los partidos clásicos. Ni la izquierda institucional, representada por el Partido Socialista, ni la derecha de toda la vida, con Los Republicanos, tienen ya la menor importancia. Otra cosa es que esa labor de destrucción, llevada a cabo en un tiempo récord, haya desembocado en lo que su promotor deseaba.

No es así, y la mejor prueba la ofrece la candidatura a la Presidencia presentada por Éric Zemmour el mismo día en que se «panteonizaba» a Joséphine Baker. Lo primero que viene a demostrar esta candidatura es que sigue sin superarse el famoso «eje» izquierda - derecha. Ya lo sabíamos desde las revueltas de los famosos «gilets jaunes». Lo nuevo es la voluntad de articular una posición política para dar voz a ese descontento de principio. Como Macron, Zemmour es un candidato sin partido. Y como él, busca su inspiración en la intelectualidad y la «culture» francesas. A partir de ahí, todo les enfrenta. Macron, en busca de su consenso universal, se sitúa por encima del bien y del mal, de los géneros, las culturas, las clases e incluso las naciones. Zemmour ha comprendido la oportunidad y encarna muy voluntariamente la reivindicación de todo aquello que Macron y el macronismo han querido dejar atrás pero no han podido reprimir (en francés, «refouler» queda mejor). El famoso principio macronita del «al mismo tiempo», que expresaba la superación de toda dualidad, Zemmour lo retoma para afirmarlo en todas direcciones, sin discriminación alguna. Será muy difícil que llegue al Elíseo, pero el nuevo candidato obliga a cambiar todas las estrategias y, evidentemente, todos los juicios previos. Por fin un personaje dispuesto a reírse de ese símbolo vacío, como el féretro de Joséphine Baker, que ha querido encarnar Macron. Diversión asegurada.