Bulos de siempre. La España vacía

Ahora nos enfrentaremos a la consolidación de nuevas micro oligarquías locales montadas para sacar todo el rédito posible a la España inexistente

FOTO: A. Álvarez EFE

España siempre ha sido un país despoblado. Lo ha sido incluso en sus mejores épocas, entre las que a pesar de todo, está la nuestra: en términos absolutos y en términos de densidad, es decir con respecto al resto de los países europeos. Durante toda la historia moderna, esa despoblación ha perjudicado a nuestra economía, aunque también ha tenido algunas ventajas. Dejando aparte las que ofrece en momentos de toma de conciencia ecológica, como ocurrió cuando los conservadores crearon los Parques Nacionales, hace ya más de cien años, hay quien atribuye a esta despoblación tradicional la derrota de Bonaparte, que no esperaba encontrarse con distancias tan enormes entre ciudades importantes... Tampoco resulta novedoso que la población, al tener la posibilidad de elegir, se mude a donde siempre ha querido vivir, como es la costa y las riberas de los grandes ríos –dejando aparte Madrid, claro está–, allí donde la vida es menos dura y hay más oportunidades.

Lo segundo es una tendencia universal, a veces alimentada por fenómenos de modernización acelerada, y otras impulsada por una tendencia natural, como está ocurriendo ahora. Lo primero, lo del despoblamiento tradicional de España, es una peculiaridad debida a motivos de muy diversa índole, entre ellos algunos orográficos imposibles de resolver. A pesar de su influencia negativa en la economía, no ha impedido que nuestro país haya sido un país europeo como los demás, ni más ni menos trágico o heroico, ni más avanzado ni atrasado, ni más vertebrado ni desvertebrado, ni más romántico ni más prosaico que cualquier otro. Toda esa materia identitaria no es más que un condensado de truculencias regeneracionistas. Remueven tópicos tardorrománticos que en su tiempo, a principios del siglo XIX, parecieron modernos y en realidad disimulaban apenas su patético nacionalismo español.

Así es como nos encontramos que este lamento sobre una España que nunca fue –y no podía ser de otro modo, tal como va descrita–, acaba pronto negando la realidad de la España que sí fue y lo es: como nación, como comunidad cultural y unidad política. No tiene nada de extraño por tanto que el llanto por la España inexistente acabe siendo el combustible perfecto, entre sentimental e ideológico, para suscitar fenómenos como los de las agrupaciones provinciales o comarcales agrupadas bajo la marca de la «España vaciada». Ahora resulta que este fenómeno empieza a inquietar a los grandes partidos, en especial al PSOE, que es quien más se ha volcado en este asunto, y quien más réditos políticos ha sacado de la negativa a reconocer la unidad e incluso la existencia de la nación española.

Así que puede que haya llegado el momento de que estos mismos grandes partidos se enfrenten a esta tentación resuelta, como no podía ser de otra manera, en una fragmentación aún mayor del voto y en una acentuación de las tendencias particularistas fomentadas todos estos años. No bastaba con los nacionalistas, para los que se diseñó el Estado de las Autonomías, ni con los regionalistas, que lo supieron aprovechar. Ahora nos enfrentaremos a la consolidación de nuevas micro oligarquías locales montadas para sacar todo el rédito posible a la España inexistente, que, eso sí, seguirá pagando contante y sonante la inconsistencia, la desértica oquedad de sus elites.