La nueva izquierda latinoamericana

La generación de Boric está entusiasmada con la idea de vivir en primera apersona propuestas e ideas fracasadas

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Uno de los motivos de la importante victoria de Gabriel Boric en Chile es la memoria. Representante y respaldado por una nueva generación de chilenos, el nuevo presidente ha sabido aprovechar el repudio que causan las dictaduras. Con eso ha reescrito la historia de su país y ha acabado con el consenso post Pinochet gracias al cual Chile es el país más rico de América latina y era, hasta hace poco tiempo, el más estable. Todo esto, la prosperidad y la estabilidad, resulta ahora algo inadmisible, como si significara la continuidad del régimen de tiranía. Se borran las circunstancias de aquellos años terribles, como es la Guerra Fría y la inminente implantación de un régimen castrista en Chile. Sobre todo se desacredita y se destruye la voluntad de la sociedad chilena por dejar atrás aquella etapa de extremismo. Vuelven a la vida pública los llamamientos a la lucha de clases y la invocación de las utopías igualitarias.

Evidentemente, Boric ha hecho todo lo posible por distanciarse de la etiqueta de comunista. La retórica también es distinta. Boric resulta ser el discípulo (muy) aventajado de Íñigo Errejón –más que del sombrío y truculento Pablo Iglesias– en cuanto a la recreación de la actitud populista. Esta se perpetúa en la exigencia de gratuidad de los servicios públicos, la insistencia en la igualdad o el ataque al único plan de pensiones que funciona en todo América Latina. La novedad viene del estilo multicultural y woke, saturado de referencias al género, al cambio climático, a la juventud. Es lo que se ha dado en llamar la nueva izquierda latinoamericana. Tras los enfrentamientos de 2019, Boric y su coalición han logrado lo que sus colegas españoles no consiguieron después del 15 M.

Con respecto a sus antecesores en la izquierda, Boric ha hecho gala de un desparpajo que a pesar de un arranque prometedor, por así decirlo, no han tenido ninguno de los españoles. De hecho, en España es Sánchez el que ha sabido hacerse con ese nuevo estilo. Lo que viene a arrojar una luz muy cruda sobre la izquierda del siglo XXI, al parecer incapaz, por lo menos en algunos países, de resistir a la tentación neo izquierdista: ya sea porque la asimile, como ha ocurrido en nuestro país con el PSOE de Sánchez, o porque se desplome y deje paso a lo nuevo, como en Chile.

La nueva izquierda de Boric ha ido dando muestras de moderación, lo que ha permitido hablar de la disposición al diálogo del nuevo presidente. Como aquí, llega al poder apoyado en una coalición de partidos antisistema y con guiños al terrorismo, aunque su posición como presidente electo con una amplia mayoría le otorga una considerable ventaja. No hay el menor motivo para dar crédito a esa presunta moderación. La generación de Boric está entusiasmada con la idea de vivir en primera apersona propuestas e ideas fracasadas, articuladas, eso sí, en proyecto de deconstrucción –«decolonización» es el término preciso– de una sociedad en la que no se reconoce. Chile se suma así a la deriva de un continente que se aleja cada vez más de Occidente. Y cuyo declive nos pondrán como ejemplo -la vanguardia se ha desplazado hasta allí- sus homólogos a este lado de Atlántico.