La contrarreforma de la discordia

Ante el riesgo de fracaso a la hora de aprobar el decreto en el Parlamento, en La Moncloa buscan a calzón quitado votos debajo de las piedras

FOTO: Javier Lizón EFE

Dice Ortega en «La rebelión de las masas»: «Lo mejor que humanamente puede decirse de algo es que necesita ser reformado, porque ello implica que es imprescindible y que es capaz de nueva vida». Ese es, sin ir más lejos, el argumento de los que defienden de buena fe, aunque sea cargados de candidez, la reforma de la Constitución en las presentes circunstancias. Y algo parecido puede decirse del propósito del actual Gobierno «progresista» de reformar la reforma laboral de Rajoy una vez percatado de que no podía liquidarla, como pretendían Pedro Sánchez y sus socios más radicales. La cosa queda en un retoque, lo que da idea de la imprescindibilidad de la norma heredada del PP y bendecida por Bruselas.

Esta limitada contrarreforma laboral que pretende ahora el Gobierno de Sánchez, haciendo de la necesidad virtud, está generando una incontenible discordia, que, si no pone en riesgo la coalición gobernante todavía, la hace menos consistente y mucho más frágil e insegura. El principal éxito político de la operación es haber logrado en algo tan sensible el acuerdo de la patronal y los sindicatos, mérito que pretende capitalizar la vicepresidente Yolanda Díaz, contrincante declarada de Pedro Sánchez en las próximas elecciones. Cualquier alteración de lo pactado, por mínimo que fuera, haría que los empresarios retiraran su controvertido apoyo. Ni Esquerra, ni Bildu, ni el PNV –los socios que sostienen al Gobierno– van a darle así su aprobación. Ante el riesgo de fracaso a la hora de aprobar el decreto en el Parlamento, en La Moncloa buscan a calzón quitado votos debajo de las piedras. Miran a la derecha y están dispuestos a sostenerse ahora con ayuda de lo que queda de Ciudadanos y hasta de Unión del Pueblo Navarro, enemigo declarado del PNV y de Bildu. Como se ve, un verdadero lío, un gatuperio, que, desde la derecha y desde la distancia, está contemplando con alborozo Pablo Casado, el más listo de la clase.

En resumidas cuentas, la contrarreforma laboral está poniendo a prueba la experiencia política de la estrambótica coalición de izquierdas que gobierna España. Está poniendo de manifiesto sus contradicciones internas, que se superan en cada caso con concesiones a escondidas y dádivas del común. Y, de paso, la crisis a la que asistimos está dando la razón a Ortega para quien lo que tiene que hacer el verdadero revolucionario es dejar de pronunciar vocablos retóricos y ponerse a aprender economía.