Europa debe hablar el lenguaje de la fuerza

El giro de Berlín en defensa es la señal más clara de un cambio profundo en Europa

FOTO: Mindaugas Kulbis AP

El 24 de febrero, hace una semana y un día, cambió el mundo tal y como lo habíamos concebido después de la Segunda Guerra Mundial. La invasión de Putin sobre Ucrania pretende dinamitar el orden liberal basado en la democracia y la economía de mercado. Con la incursión militar rusa, el mundo se ha convertido en un lugar más peligroso. Ha regresado la guerra convencional y sangrienta. Europa había apostado por la apertura con Rusia para anclarla a un sistema internacional reglado. Creyó que estrechando los lazos económicos espantaría el fantasma del conflicto armado. Las controversias podrían resolverse en los foros multilaterales y de forma civilizada para evitar, sobre todo, los daños colaterales en las economías. Líderes europeos como el ex canciller alemán, Gerhard Schroeder, aceptaron cargos en las grandes empresas rusas como el gigante gasista Gazprom. A pesar de las diferencias, Putin era un líder confiable con el que se podía negociar.

Todas estas creencias han saltado por los aires con la cruda entrada de los tanques rusos en Ucrania. Putin no se siente interpelado por las reglas ni por el derecho internacional, únicamente entiende el lenguaje del poder y la fuerza. Europa ha espabilado con el ruido ensordecedor de los bombardeos y el silbido de las balas. La señal más llamativa del cambio radical que se está produciendo en el viejo continente procede de su Estado más grande, Alemania. Reticente a ser un poder militar equiparable a su poder económico por los traumas arrastrados del nazismo, la guerra de Putin en Ucrania ha acelerado una revisión profunda de su política de seguridad y de defensa. El primer paso se dio cuando el canciller alemán, Olaf Scholz, anunció que suspendía la certificación del gaseoducto NordStream 2. Luego permitió a otros países que enviasen armas de fabricación alemana a Ucrania y después comunicó su propio plan para enviar misiles, vehículos blindados y combustible. Scholz prometió aumentar el gasto en defensa por encima del 1,5% del PIB para alcanzar o superar el 2% que reclama la OTAN. El canciller dio a conocer un fondo de 100.000 millones de euros para modernizar el Ejército alemán. El inédito compromiso de Scholz arrastró al resto de Estados miembros. La UE rompió el tabú de proporcionar 450 millones de euros para armas a través de un fondo creado hace un año para preservar la paz. Frente a la invasión, la UE y Alemania dan pasos enérgicos hacia el desarrollo de la «autonomía estratégica» tantas veces solicitada por Francia, el segundo Estado más grande de Europa y la mayor potencia militar del continente. Desde Berlín se quiere transitar esta transformación estrechando los lazos con la OTAN, la organización militar más grande del mundo, y por extensión con Estados Unidos. Bruselas y Washington han lanzado de manera coordinada una guerra económica sin precedentes como represalia a la agresión.

Un diplomático me recordaba esta semana las palabras del emperador Alejandro III para entender la mentalidad rusa: «Rusia tiene dos aliados: su ejército y su armada». Los ucranianos están muriendo por defender su libertad ante el invasor ruso. Los europeos debemos prepararnos por si nos toca hacer lo mismo. La UE no tiene otra alternativa que aprender a hablar el lenguaje del poder y la fuerza.