Proclama Piketty

Proclamó que el problema estriba en un puñado de asquerosos ricos. Hay que quitarles lo que es suyo y todo se arreglará, y brotarán a chorros los manantiales de la riqueza colectiva, como dijo Marx.

Mientras la izquierda colapsa en Francia, sus clérigos repiten las consignas de siempre. Entrevistado por Humberto Montero en LA RAZÓN, Thomas Piketty proclamó que el problema estriba en un puñado de asquerosos ricos. Hay que quitarles lo que es suyo y todo se arreglará, y brotarán a chorros los manantiales de la riqueza colectiva, como dijo Marx.

Montero le señaló a Piketty la incómoda realidad: el mundo ha prosperado gracias a la libertad, no gracias a la coacción, y cientos de millones de personas han dejado atrás la pobreza extrema tras la crisis del socialismo. El francés insistió en el cuento de que ha sido muy positivo el sablazo fiscal de las últimas décadas, opinión que, naturalmente, no es compartida por los contribuyentes, que tampoco se tragan el cuento de que si Dinamarca es rica y tiene impuestos altos eso significa que es rica porque tiene impuestos altos.

Piketty intentaba escaparse con fábulas sobre la bondad del gasto público, y la mayor deuda pública, como si fueran gratis, y con el impuesto a los ricos, lo que es asombroso para alguien que maneja los datos: simplemente ignora que los trabajadores y la clase media pagan cada vez más. Él sigue, erre que erre, machacando con que estamos igual que en la Revolución Francesa, «la nueva aristocracia no quiere pagar», como si de verdad ello permitiera concluir que el pueblo está encantado de pagar.

Repitió don Thomas su matraca en «El País» a cuenta de los oligarcas rusos. Dijo que sí, que hay que ir a por ellos, pero a por todos, todos los empresarios ricos de Rusia y de todo el mundo, para lo cual hay que montar una inquisición fiscal universal para cobrarles a todos los ricos, y, otra vez, ya todo se arreglaría y viviríamos felices comiendo perdices sin pagarlas.

Es un doble camelo. En primer lugar, porque los Estados modernos son demasiado grandes como para subsistir quitándoles la propiedad a los ricos –suponiendo que esa expropiación fuera posible en una sociedad libre–. Y, en segundo lugar, por una falacia que señaló Juan Ramón Rallo en nuestro periódico: una cosa es un rico y otra cosa es un oligarca, en el sentido de falso empresario que se enriquece gracias a las prebendas del poder, y no competitivamente en el mercado.