Francia

De la gauche divine a la bolivariana

Hollande se revuelve sin reparar en que el desastre empezó durante su etapa

Arthur Germain no votó por su madre en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas. El tercer hijo de la candidata socialista y alcaldesa de París, la española Anne Hidalgo, lo hizo por Jean Luc Mélenchon de la Francia Insumisa (FI). En la segunda vuelta, fue uno de esos muchos jóvenes abstencionistas que se quedaron en casa. Arthur Germain confesó en una entrevista radiofónica que optó por quien situaban las encuestas como el caballo ganador de la izquierda. El sentido del voto del hijo de Anne Hidalgo ilustra la crisis existencial por la que atraviesa el Partido Socialista francés desde que en 2017 sufriese el «sorpasso» de la extrema izquierda de la Francia Insumisa. La candidatura de Anne Hidalgo cinco años después certificó la defunción del Partido Socialista. La alcaldesa de París, nacida en San Fernando (Cádiz), obtuvo 1,7% de los votos por detrás de Los Verdes de Yannick Jadot, con un 4,63%; los Comunistas de Fabien Russell, 2,28% y, por supuesto, la FI de Mélenchon con un 21,95% de los sufragios.

Los socialistas franceses han dejado de ser la fuerza de referencia de los votantes de izquierdas. ¿Por qué? Hay múltiples factores que explican este hundimiento, pero podría resumirse en uno. El PS empezó a perder relevancia pública cuando dejó de preocuparse por las cuestiones de la clase trabajadora para centrarse en los problemas de las minorías. El antiguo Frente Nacional de Marine Le Pen afinó entonces su discurso proteccionista-populista para ocupar ese vacío y convertirse en el primer partido de los obreros en Francia. Los feudos del ahora rebautizado Reagrupamiento Nacional en el norte, en Pas-de-Calais y en el sur, Marsella así lo atestiguan.

La debilidad del Partido Socialista francés es tan preocupante como la salida que han planteado a la crisis. La alianza con Mélenchon para las elecciones legislativas de junio ha provocado un seísmo dentro del PS. La dirección del partido defiende el acuerdo asegurando que se está respondiendo a la demanda de unidad de la izquierda que realizaron los franceses en las elecciones presidenciales. Para los históricos del partido, el acuerdo implica concesiones tan inquietantes como la idea de desobedecer los tratados europeos. En Bruselas también les preocupa el resurgir del «Frexit». Parte de la familia socialista no está cómoda tampoco con el alineamiento de Mélenchon con el eje bolivariano de Venezuela y Cuba. Ni con su coqueteo con Rusia en plena Guerra de Ucrania. «A fuerza de verse con Mélenchon, la dirección del partido se ha ‘’putinizado’'», comentan estos días algunos críticos en referencia al autoritarismo con el que se ha tomado una decisión tan transcendental para el partido. Otros asuntos en los que difieren son en la agenda económica (comunismo versus economía de mercado), la defensa de la laicidad o la lucha contra el comunitarismo. Alarma especialmente el islamoizquierdismo que rompe con la tradición del socialismo republicano. Causa, a su vez, escozor las renuncias de muchos diputados para apoyar al candidato insumiso. Los socialistas todavía retienen poder territorial y ahora arriesgan a perderlo. Pesos pesados del partido como el ex presidente François Hollande se rompen las vestiduras sin reparar en que el desastre empezó durante su mandato.