Política

La noche sevillana en la que tembló el socialismo

El PSOE, con y sin Sánchez, no puede ganar las próximas elecciones sin Andalucía y sin Cataluña. Y todavía menos si el PP conserva gran parte de los votos del domingo

Está escrito. Shakespeare, siempre Shakespeare: «Pues como estamos derrotados, expongámonos una segunda vez arriesgándolo todo, cuerpo y bienes» (Enrique IV). Hubo quien lloró. Sí, en la noche en la que tembló el socialismo. Lloró Juan Marín, el líder andaluz de Ciudadanos. Lágrimas de dignidad porque ante la catástrofe de partido de Inés Arrimadas eligió la dimisión y la retirada honrosas. Hubo quien pudo llorar, como Macarena Olona, casi tan de hielo como los guardias civiles del romance de Lorca, pero nadie lo sabe o lo confiesa. Avanzada la madrugada guardaría el traje de lunares con el que pensaba poner a parir y acogotar a sus enemigos del PP si la necesitaban para gobernar. Hubo quien brindó, con champagne, con fino y también con Albariño. En Génova, la sede del PP en Madrid que quiso vender Pablo Casado, todos alzaban la copa mientras llegaban los resultados y uno a uno caían los diputados del lado de Moreno Bonilla, todo narrado por Ferreras como si fuera una final de champions. «Por Juanma, por nosotros y por el futuro», decían. Hubo quien, en la noche más triste de Ferraz, la sede socialista de Madrid, hizo el ridículo y ni tan siquiera se dio cuenta. Adriana Lastra, todavía –¿hasta cuando?– número dos del PSOE, ofreció una imagen patética, grotesca y mezquina y sólo le faltó culpar al árbitro de la debacle andaluza de su partido y del candidato, Juan Espadas, elegido digitalmente por el propio Pedro Sánchez. Hubo quien, también, desde un cinismo humano, sonrió. Como Susana Díaz, defenestrada sin contemplaciones por el inquilino de la Moncloa, pero que hace cuatro años obtuvo mejor resultado, aunque tampoco bueno, que su sucesor.

Estaba escrito. La hoja de ruta que diseñó Iván Redondo en 2018 se ha roto en Andalucía. Ahora toca interpretar el mensaje andaluz, en Madrid y en otros lugares, también en Cataluña. El PSOE, con y sin Sánchez, no puede ganar las próximas elecciones sin Andalucía y sin Cataluña. Y todavía menos si el PP conserva gran parte de los votos del domingo. La división en la izquierda y la extrema izquierda ha sido un desastre. Ejemplo para los populares que, sin ser ultras, se fueron a Vox por cabreo. Con ellos y con el colapso de Ciudadanos el PP rozaría la mayoría absoluta. El bipartidismo, a pesar de sus enterradores de tertulia, no está muerto. Es práctico. El PSOE tampoco está liquidado y Sánchez, doctor en resistencia, está decidido, como el Enrique IV de Shakespeare, a arriesgarlo todo, «cuerpo y bienes». Feijóo, gallego, calla, sonríe y espera. Está escrito.