El tren de Extremadura

Se prometió un tren de alta velocidad que después, ante una sucesión de evidencias indiscutibles, fue renombrado como simplemente «rápido». Pero la rapidez dista de ser su característica

FOTO: RENFE RENFE

Se puede discutir –aunque en realidad apenas se discuta– si es necesario que el AVE llegue a todos los rincones de España. El coste que supone es elevadísimo, y el rédito no siempre es tan evidente como el coste. Pero esa es la apuesta que han hecho los gobiernos españoles (en esto sí hay consenso entre socialistas y populares) y, por tanto, hay que desarrollar la red. Y sería bueno que eso se hiciera con justicia territorial, pero tal cosa no ocurre con Extremadura.

Hace décadas que se promete a los extremeños un tren que merezca ese nombre. Y, cuando parecía que ya llegaba, la frustración ha derivado en una profunda indignación. Se prometió un tren de alta velocidad que después, ante una sucesión de evidencias indiscutibles, fue renombrado como simplemente «rápido». Pero la rapidez dista de ser su característica. La tendencia natural del tren es la de llegar tarde a su destino. La dirección de Renfe podía resolver el problema o cambiar la hora oficial de llegada de los trenes, y ha optado por la solución más fácil y –esta sí– rápida. Si en el billete aparece que llegará a 16:15 en lugar de a las 15:45, el tren ya no tendrá retraso, aunque tarde media hora más.

¿Por qué el Gobierno se apresuró a inaugurar ese tren rápido antes de que de verdad fuera rápido? La pasión inauguradora de Moncloa está disparada. Las dificultades energéticas y económicas han hecho que quienes gestionan la imagen del presidente hayan decidido que conviene dar una buena noticia cada día, para que haga de contrapeso ante la sucesión de problemas que aparecen en los medios de comunicación. Pero la situación no da para tanto, y en ocasiones se les va la mano. Con el tren de Extremadura se les ha ido claramente.

Los extremeños tienen el mismo derecho que los demás españoles a disponer de un transporte adecuado. Llevan mucho tiempo esperando –y desesperando–, y lo último que necesitan es que les digan, antes de tiempo, que ya tienen un tren, cuando de lo que disponen, en realidad, es de un carromato.