Pitágoras y el secreto de la cogobernanza

La necesidad de adoptar decisiones rápidas, a veces, más que eso, urgentísimas y vitales, situó contra las cuerdas al engranaje legislativo, ejecutivo y judicial

Spanish authorities hold inter-ministerial committee briefing on coronavirus situation
FOTO: FERNANDO CALVO / HANDOUT EFE

Quizá haya sentido usted como una vuelta al pasado al leer el título de este artículo. No se preocupe, que no estamos en algún momento por determinar de comienzos de 2020. Tampoco crea que han regresado los tiempos más duros de la pandemia. Pero sí, ha leído bien, de nuevo recurrimos a la cogobernanza. Uno de esos términos que pasan del limbo de las palabras al uso cotidiano e, incluso, abusivo. Si la compleja gestión de la crisis del coronavirus nos enfrentó a evidentes retos sanitarios, también hizo lo propio con otros de carácter jurídico. La necesidad de adoptar decisiones rápidas, a veces, más que eso, urgentísimas y vitales, situó contra las cuerdas al engranaje legislativo, ejecutivo y judicial.

Junto a las tensiones que surgieron para encajar las decisiones de los tribunales con las de las administraciones (¿recuerdan los toques de queda, los cierres perimetrales de localidades o los límites de horarios?), uno de los puntos de fricción que se repetía una y otra vez era el derivado de los choques entre el gobierno central y los autonómicos. El distinto modo en el que encaraban las situaciones cuestionaba las competencias ajenas. Nada que no hubiera ocurrido ya desde 1978. El Título VIII de la Constitución, en concreto su necesario desarrollo, se consolida como una de las asignaturas pendientes de nuestra democracia. Aunque en el día a día, en la gestión cotidiana de los asuntos públicos, se van improvisando soluciones puntuales, la llegada de grandes crisis (y últimamente no salimos de ellas) evidencia la importancia de concretar cómo se reparten la ejecución y la responsabilidad en los asuntos.

Y el decreto de ahorro energético ha vuelto a destapar esos complejos equilibrios. La resolución, que parte de Moncloa, choca con las comunidades que la deben aplicar: la reducción de temperatura o la limitación en la iluminación se convierten en motivo de pugna mientras se apela a una coordinación que no termina de existir. Dado que esta fricción se produce de manera cíclica, y se repetirá en el futuro, ya verán, quizá deberíamos extraer alguna lección para evitar reincidencias. Podríamos probar, como primera medida, a romper aquella afirmación matemática de Pitágoras, aplicable a las sumas, que asegura que «el orden de los factores no altera el producto»: si se pactaran las decisiones con las partes antes de presentarlas como firmes, se lograría ejercer eso que se ha dado en llamar cogobernanza. Que es, para que nos quede claro, algo más que una mera suma.