Cabos sueltos

La pregunta que falta por responder es: ¿A qué se ha debido este cambio radical de actitud en las relaciones con el Magreb?

FOTO: MARISCAL EFE

En el curso político que acaba han quedado preguntas sin responder que merecerían alguna aclaración al comenzar el nuevo curso. Es verdad que cada día tiene su afán. Lo urgente se impone a lo importante en la agenda pública y en los medios de comunicación. El vertiginoso curso de la actualidad, con sobresaltos continuos, da constantes motivos de interés y preocupación, que dejan atrás cabos sueltos de extraordinaria gravedad. La falta de aclaración convincente convierte la vida pública en un cuarto oscuro, sin ventilar, poblado de fantasmas y sospechas. Eso no beneficia nada la imagen de los gobernantes y puede perjudicar seriamente la seguridad del país.

Entre los asuntos pendientes destacan los que afectan de lleno a las relaciones de España con el Magreb. Penetramos, pues, en terrenos escabrosos. Todo empieza con la entrada clandestina, la pasada primavera, de Brahim Gali, líder del Frente Polisario, con nombre falso, ingresado en un hospital de Logroño, enfermo de coronavirus. El Gobierno aseguró que permitió su entrada por razones humanitarias. Esto provocó la peor crisis con Marruecos en muchos años y el aplauso entusiasta de Argelia, que estaba en el secreto. Las preguntas que faltan por responder son: ¿Quién autorizó la entrada? ¿Fue informado y dio su conformidad el presidente del Gobierno, como parece lógico?

Con fecha 14 de marzo el presidente Sánchez comunica por carta al rey Mohamed VI de Marruecos que España aprueba la propuesta marroquí sobre el Sáhara «como la base más seria, creíble y realista». El sorprendente cambio de actitud llena de alborozo al Reino alauita, que renueva automáticamente su amistad y cooperación con España; por el contrario, provoca la enemistad de Argelia, cuando más falta nos hacía su gas –Macron no tarda en acudir a reconciliarse con Argel–, y la desilusión del pueblo saharaui, que se siente traicionado. La pregunta que falta por responder es: ¿A qué se ha debido este cambio radical de actitud en las relaciones con el Magreb?

El día 2 de mayo, el ministro de la Presidencia anuncia que una potencia extranjera ha espiado, por medio de Pegasus, un sofisticado «softwere» israelí, al presidente Sánchez. De su teléfono móvil extrajeron casi tres gigas de información, una cantidad impresionante. También espiaron, aunque en menor medida, a la ministra de Defensa. Las preguntas sin responder brotan a borbotones: ¿Alguna potencia extranjera está chantajeando al Gobierno de España? ¿Qué tipo de información «sensible» está en otras manos? ¿En qué manos? ¿Tiene esto que ver con los últimos vaivenes en las relaciones con Marruecos y Argelia? Lo mejor sería aclararlo. Un Gobierno democrático no puede vivir bajo sospecha.