La decadencia catalana

El secretario general de JxCat Jordi Turull (i) y la presidenta del partido, Laura Borràs (d)
El secretario general de JxCat Jordi Turull (i) y la presidenta del partido, Laura Borràs (d) FOTO: Marta Pérez EFE

La decadencia de Cataluña, que comenzó hace una década con el inicio del procés, todavía no ha llegado a su final, aún no ha tocado fondo. Hablamos de aquella Cataluña próspera, convivencial, creativa y emprendedora que cautivó al inmortal Cervantes en sus Novelas Ejemplares con unas palabras que leídas a la distancia de los siglos transcurridos provocan la nostalgia de lo que fue, llegó a ser y se echó a perder: «Admiroles el hermoso sitio de la ciudad y la estimaron por flor de las bellas ciudades del mundo, honra de España, temor y espanto de los circunvecinos y apartados enemigos, regalo y delicia de sus moradores, amparo de los extranjeros, escuela de la caballería, ejemplo de lealtad y satisfacción de todo aquello que de una grande y famosa, rica y bien fundada ciudad puede pedir un discreto y curioso deseo». Barcelona, «Cap i Casal de Catalunya» compendia lo que fue y ha perdido por el camino de la Historia hasta llegar a tener una alcaldesa como la actual, que le niega una estatua al autor de las palabras arriba transcritas.

Para nuestra desgracia, ahora han abandonado la ciudad aquellos escritores enamorados de la vitalidad creativa de la urbe en los años de la Revolución del mayo de 1968 y de las noches del Bocaccio en los setenta. Noches plenas de libertad y de seguridad, por cierto. Ahora Barcelona destaca por su inseguridad, que la ha convertido en la noticia de las Fiestas de la Mercé, con una batalla campal por sus calles, destrozando escaparates y mobiliario urbano, con asesinato incluido. Mientras un diputado de la oposición ponía el acento en la causa de tamaña situación, la presidenta en funciones de la Cámara reiteradamente le llamaba al orden leyéndole exhaustivamente el «código de conducta» oral que deben seguir los diputados en el Parlament, que causa vergüenza escuchar. La corrección política llevada al límite prohibiendo toda referencia que pueda ser interpretada como falta de respeto a minorías étnicas, sexuales, etcétera, con una dicción y redacción tan exhaustiva como patética y cursi, no dejando resquicio para salirse del dogma de lo políticamente correcto. Eso, en el templo de la libertad de expresión que es el Parlamento, da una idea de hasta dónde hemos llegado con tanta progresía al mando.

Sucedía esto en el «debate de política general» de esta semana en Cataluña –el equivalente al debate sobre el estado de la Nación en el Congreso– y es un ejemplo de la decadencia comentada. Mientras, los secesionistas «gobernantes» mantienen una lucha sin cuartel por hacerse con el liderazgo de ese mundo que ya no existe.