Nadia Calviño

Regeneración y Patrimonio

A un año de las elecciones, nombramientos como este, tan difíciles de corregir luego, resultan, como mínimo, sospechosos

José María Marco

El presupuesto de Patrimonio Nacional, en nuestro país, es de unos 100 millones de euros al año. Es lo que se gasta el Estado francés sólo en el «château» de Versalles. Claro que Versalles viene a significar la figura de proa del Estado francés centralizador y presidencialista y nuestro Patrimonio Nacional representa el fundamento histórico de la Corona, una institución poco apreciada por el Gobierno. (En realidad por todos los gobiernos: Patrimonio, con una riqueza más variada y de mayor alcance que Versalles, no ha sido una prioridad.) Para lo que sí es apreciado Patrimonio, en cambio, es para colocar a personas relacionadas con miembros de ese mismo Gobierno. Puede que el reciente nombramiento que todos conocemos cumpla escrupulosamente todos los requerimientos legales y profesionales para un cargo de cuya necesidad y relevancia nadie alberga la menor duda, pero el PP hará bien en exigir la máxima transparencia en este asunto. A un año de las elecciones, nombramientos como este, tan difíciles de corregir luego, resultan, como mínimo, sospechosos.

Es un ejemplo más de la famosa «regeneración» que alcanzó su más alto grado de popularidad hace poco menos de nueve años. Quien esto escribe quiso publicar un ensayo breve titulado «Contra la regeneración» que no encontró editor: los españoles, que tanto presumen de sentido del humor, dejan de practicarlo en cuanto presenta algún riesgo. Nadie, sin embargo, había previsto que la dichosa «regeneración» iba a llegar tan lejos como está llegando. Entre sus momentos apoteósicos figura la moción de censura del PSOE al gobierno del PP -que se había sumado con entusiasmo a la campaña regenerativa, ni qué decir tiene-, moción de censura amparada en una frase que era una flagrante intromisión de un juez, como luego acreditó el Tribunal Supremo.

Se dirá que entre un ejemplo y otro hay un trecho muy largo, sin contar con que no hay ninguna acusación formal contra el protagonista del primero. Es cierto, aunque no lo es menos que en los tiempos que han corrido desde la moción de censura hemos visto otros ejemplos señeros de «regeneración». Casi lo de menos, de tan frecuentes como resultan, han llegado a ser las colocaciones de amigos y familiares en puestos de confianza. Más grave todavía es la sistemática interferencia del Gobierno en el poder judicial, ya sea mediante intervenciones directas o por medio de ataques peronistas. Y todavía peor son los cambios en el Código Penal al gusto de quienes se han propuesto acabar con el orden constitucional y la unidad de la nación española. Entre los beneficiados también acabarán estando, probablemente, aquellos miembros del aparato socialista que practicaron una malversación altruista y desinteresada, y muy pronto añeja, en beneficio solo de su partido. Verdad es que, si se va a perdonar a los primeros, la conducta de los segundos resulta digna de aplauso.

La «regeneración», por tanto, ha conseguido cambiar el personal gobernante, algo que arrancó con aparatosidad en 2018: los recién llegados no dejarían de aprovecharse de las rentas y canonjías que les brindaba ocasión tan estupenda. Y luego, a partir de ahí, está diseñando un nuevo modelo político en el que la relación entre los poderes del Estado, así como la relación del Estado central con las Comunidades Autónomas entrara en una dinámica completamente nueva, que es lo que estamos inaugurando. Se entiende que Patrimonio Nacional no sea una prioridad. La regeneración ha triunfado.