Opinión

Escándalo y vergüenza

Jorge Fernández Díaz

La reforma del Código Penal que está impulsando el Gobierno provoca tanto escándalo como vergüenza. Nunca se había llegado al extremo del espectáculo actual de reformar el Código «a la carta», eliminando tipos penales como el de la sedición, por el que fueron juzgados y condenados los dirigentes secesionistas catalanes que intentaron un golpe de Estado desde la Generalitat para conseguir la independencia de Cataluña. Es obsceno negociar el Código Penal con quienes fueron condenados con él, para que tras ser indultados sin siquiera expresar arrepentimiento por su conducta, ahora además se les reduzcan las condenas con carácter retroactivo, negociándolo precisamente con ellos.

Como los líderes del procés fueron condenados también por malversación, se modifica también ese tipo penal, distinguiendo cuando esa conducta supone lucro personal para quien lo comete, de quien no se enriquece con esos fondos, lo que ya no es considerado como corrupción. Todo ello para que Pedro Sánchez siga durmiendo unos meses más en La Moncloa, pese a que eso provoque insomnio a un «95% de los españoles» según afirmación personal suya, lo que pone de relieve su jerarquía de valores, entre los cuales el «bien común» de los españoles es desconocido.

El resultado es que España está en manos de un personaje como Sánchez que es rehén político de Bildu, ERC, Podemos y el PNV, partidos cuyo común denominador es el odio o la desafección hacia España. Este escenario político parece irreal pero para nuestra desgracia sabemos que es auténtico y es una cuestión de decencia y dignidad que acabe cuanto antes. Por ello no es de extrañar que tales socios y aliados que componen el sanchismo, prolonguen su existencia el máximo tiempo posible, ya que nunca pudieron imaginar tener al frente del Gobierno a un personaje que fuera tan propicio para sus intereses antiespañoles. Otegi, Junqueras, Puigdemont… en «la dirección del Estado», es la fotografía de la decadencia e indignidad en la que está sumida España, ante una aparente apatía y desinterés del pueblo español.

Contemplamos estos días la situación en Perú, donde un populista radical de ultra izquierda accedió a la presidencia de la República hace 16 meses, habiendo alcanzado el grotesco récord de tener una crisis de gobierno cada cinco días. Ahora ha dado un autogolpe de Estado para impedir que el Congreso le destituyera mediante una moción de censura. Los socios de Sánchez –Díaz, Montero,…– celebraron entusiastas su victoria, considerándola «una gran esperanza para la democracia». Ese era un modelo de referencia para el sanchismo, y así nos encontramos ahora aquí.