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A Felipe II

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Tiempo de lectura 4 min.

25 de febrero de 2019. 03:59h

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Tomás Gómez 25/2/2019

El 28 de abril puede ser el finiquito de algunos líderes políticos o una prórroga de contrato. La situación de Podemos y Ciudadanos es la más delicada de todas. Pablo Iglesias ha sido admirado por crear y hacer crecer tan rápido una fuerza política, pero puede convertirse en objeto de tesis doctorales justo por lo contrario, por dinamitar un partido que llegó a tener más de 70 diputados.

Iglesias no es el político español con mayor estima y egocentría, pero no anda escaso de ninguna de las dos cosas. Hay que reconocerle que supo ver una ventana electoral después del 15M en plena crisis económica, pero ha conseguido tirar todo por el retrete.

Se erigió como el azote de “la casta” y alimentó los eslóganes que identificaban a PP y PSOE como la misma cosa. Conquistaron a un sector de las capas medias y profesionales que les visualizaron como un grupo de jóvenes profesores universitarios que daban voz a las protestas y al enfado de muchos.

Pero ni lo hizo solo ni es tan listo como se cree. La caída de Podemos podría explicarse a partir de varios hitos. El primero de ellos, la ruptura entre sus fundadores. La lucha interna que acabó con Bescansa, con Errejón o con Alegre se ha percibido como lucha de egos en una feroz batalla por el poder.

La derivada es que se ha visto que querían el poder para formar parte de la denostada “casta”. Los pasillos del Congreso y el gusto por pasar muchas horas en La Moncloa ha mostrado un Iglesias que ha usado los votos de millones de personas para medrar personalmente.

Todo este retrato necesitaba un icono y el líder podemista lo ha servido en bandeja con algo que debería haber sido anecdótico y se ha convertido en la estocada final: su famoso chalet de Galapagar, que dejó perplejas desde las plataformas antidesahucio hasta algunos de sus más incondicionales.

Por otra parte, parte de su electorado ha percibido a Podemos como un partido poco útil, sometido incondicionalmente al PSOE, al que ha hecho el trabajo sucio como, por ejemplo, los pactos con los independentistas.

Iglesias arruinó su caudal político en los despachos, arrimándose demasiado a quien, curiosamente, nació políticamente en el despacho de un importante empresario.

Tampoco lo tiene nada fácil Albert Rivera que tan pronto se levanta liderando las encuestas como le pronostican la mayor de las catástrofes. El problema de los naranjas es su indefinición política, un día quieren ser el centro, y al siguiente se meten en la cama con la extrema derecha.

No se trata de cambiar de chaqueta a menudo, es justo lo contrario, no tener ninguna. Ciudadanos es más o menos centrista o más o menos de derechas según el electorado que le apoya en cada momento.

Su compromiso de no pactar con el PSOE parece que se debe a la importante fuga de votos a Vox. La reacción de Cs es intentar cortar la sangría con una derechización de sus posiciones y con el salto al ruedo de Ines Arrimadas, partir del independentismo y símbolo del principal valor de los naranjas.

Si la fuga se produjese hacia el PSOE, Rivera mostraría su versión más socialdemócrata, como aquél “pacto del abrazo” en el Congreso con la investidura fallida de Sánchez.

Es decir, los partidos sin ideología adoptan la de sus votantes no captan adeptos por sus ideas. La parte mala para ellos es que suelen durar poco en la carrera.

Por tanto, habrá que estar atentos a si Sánchez se aprovecha de todo esto, porque así se lo ponían a Felipe II.

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