A Neptuno

Meter un gol en el minuto 93, cuando el otro está sacando el champán de la nevera, define al Real Madrid, y encajarlo en la final de la Liga de Campeones, al Atlético. El Madrid nunca se rinde, lucha hasta el último segundo, organiza ataques en masa con miligramos de fuerza, cuelga balones, tira pelotazos, encierra al adversario, lo empequeñece y lo derrota. Siempre fue así, aunque no siempre cumple la máxima. Ahora, al gen ganador añade el poder omnímodo, que trasciende de los terrenos de juego. El suyo es el mando del imperio –corramos un tupido velo en torno a la eufórica celebración de Florentino Pérez con José María Aznar, Mariano Rajoy presente, cuando Bale sentenció con el 2-1–, esa voz profunda de Darth Vader que influye en la vida de cuantos le rodean porque sus influencias son interestelares y reduce así las posibilidades de perder la guerra de las galaxias.

Y el Atlético, Rusell Crowe, «Gladiator». Es lo que es, un corazón –el que le ha trasplantado Cholo Simeone– que no le cabe en el pecho, y un recorrido que las fuerzas de la naturaleza y el «business» limitan. Con una heroicidad reconocida en todo el planeta fútbol, ha burlado a la realidad y ha ganado la Liga sólo una semana antes de perder la «Champions» –el premio que le metía en la historia– en el fatídico minuto 93 que hace 40 años fue el 120.

El Madrid, por lo que es, por sus pilares, por la habilidad de su presidente para convertirlo en una multinacional, por su presupuesto sideral y sus fabulosos ingresos, tendría que disputar la final de la Liga de Campeones cada bienio como poco, no cada doce años para que no pareciera su desembolso económico un fracaso. El Atlético, «Gladiator», sorprendió al mundo inmiscuyéndose en la pelea de los dos grandes, les ganó la Liga –gesta mayúscula–, dio un paso más y llegó a Lisboa después de un trayecto inmaculado por los vericuetos de Europa eliminando a cuatro campeones, Oporto, Milan, Barça y Chelsea. Después de 40 años, con un equipo que afrontó la batalla final sin el talento de Arda y aferrado al culebrón de Diego Costa, derrotado antes de correr, tocó la gloria, como al borde de la muerte acarició las espigas Máximo, apuñalado por Cómodo en el calentamiento. El afortunado cabezazo de Godín, que pudo condenar a Casillas entre los suyos de por vida, le situó a un paso del Olimpo... Fue la ocasión perdida. Y como no es el Madrid, que es el Atleti y podrían pasar 40 años antes de disputar otra final de la «Champions», no estaría de más volver a Neptuno y festejar de nuevo la victoria en la Liga; un triunfo tan excepcional que merece ser celebrado dos veces, y recreado hasta erradicar la frustración del fatídico minuto 93.