Acto primero

La película «Ocho apellidos vascos» ya es la más vista en la historia del cine español. Seis millones y medio de espectadores han pasado por taquilla. Es divertida, ingeniosa y muy entretenida. Tiene detractores porque es imposible convencer a todo el mundo. Tampoco el fútbol del Atlético entusiasma; pero como a la cinta de Emilio Martínez Lázaro, no se le puede negar el éxito. El juego atlético es convicción, pasión, intensidad, agonía, solidaridad, defensa, estrategia y la efectividad precisa. No se es el mejor equipo de Europa –es el único que no ha perdido un partido en esta Liga de Campeones– porque suene la flauta. Y no se es el líder de la Liga, por delante del Madrid y del Barcelona, de chiripa.

Simeone localiza los partidos en las antípodas de la comedia. El espectáculo es un drama que termina cuando el árbitro pita el final; sólo entonces, al ver la caída del telón, el aficionado da rienda suelta a la alegría. Marcadores ajustados, algún penalti fallado, algún gol en propia meta, renuncia casi total al balón y una exhibición absoluta de paciencia para someter al adversario a un desgaste inhumano. Más la rémora de la histórica fatalidad, según avanza la temporada, anécdota de otros tiempos. El Atlético es ver para creer, porque sobre todo él, el equipo, cree en la victoria.

Toca el Chelsea, de corte balompédico similar, dirigido por un mariscal con cara de asco que antes de acudir a la sala de prensa se mete entre pecho y espalda un pelotazo de ricino para superar el enojoso trámite de responder a los periodistas. A Mourinho ciertos procedimientos le repatean, como las normas de cortesía y la buena educación. ¿Por qué en Madrid va a responder en español si le paga un equipo inglés? ¿Por qué va a sonreír si parece que le han metido un paraguas por el trasero y se lo han abierto? ¿Por qué no se va a ver «Ocho apellidos vascos», se relaja y se ríe un poco? Su vida es un porqué en sí mismo que le persigue: ¿por qué no va a eliminar el Atleti al Chelsea?