Al Rey

Conocí al Señor cuando era un niño y yo, un niñísimo. En la estación de Atocha, antes de la partida del Lusitania Express. Viajaba a Lisboa con su hermano, el Infante Don Alfonso, acompañados por don José Garrido, aquel profesor formidable que era también un maestro del señorío. Marchaban a Portugal para pasar ahí las vacaciones de Navidad con los Reyes exiliados. Reyes de derecho, que no de hecho, por motivos tan conocidos que sobran las explicaciones. Me pareció más tímido que su hermano. Los míos y yo éramos los únicos niños que despedían a esos dos niños que se iban en el tren. Los demás eran personas mayores, adustas, muy formales y secas. Entre todos formábamos una multitud descriptible de veinte personas, más o menos. Una multitud con muy poca consistencia.

Mis padres, Señor, estuvieron siempre con los suyos, y en los últimos decenios de la vida de Don Juan, estrechamente. Su casa fue la del Rey sin trono que volvió a España de su hijo, el Rey. Puedo decirle ahora que a medida que pasaban los años, ya cumplida la renuncia de sus derechos históricos y dinásticos, en su padre aumentó hasta extremos impensables su admiración por Vuestra Majestad. Se sentía muy orgulloso de su hijo, el Rey, que era también su Rey.

He tenido la fortuna de tratar a Vuestra Majestad desde los primeros años de su reinado a los últimos. Tengo que reconocerle que su carácter no siempre ha sido apacible, y que algunos escritos míos le molestaron bastante y se molestó. A mi manera de interpretar las cosas, consideré que la lealtad se sostiene desde la sinceridad y se ahoga cuando esa sinceridad se somete a la adulación cortesana. Pero Vuestra Majestad ha demostrado con creces su gratitud a la sinceridad. Me permito recordarle, y de ello guardo y guardaré toda mi vida absoluta discreción, que en algunas ocasiones me encomendó algunas acciones, con las que estaba plenamente de acuerdo, que fueron auténticas faenas. Hablando mal y pronto, auténticas cabronadas.

Ha sido Vuestra Majestad un Rey único, formidable, popular, sensato y queridísimo. Ahora lo será aún más, porque los españoles somos así. Se desprendió de todos los poderes y abrió la ventana de la libertad a una generación que no la conocía. Después vino la generación siguiente, y ahora ha decidido que esa generación, protagonizada por el Príncipe, asuma la gran dificultad del equilibrio y se enfrente a los retos que la «auctoritas» –carece de poderes– tiene que acometer. Entre ellos, el más importante, mantener la unidad de España. Con una España unida y trabajadora, el resto de los retos son superables, y el Príncipe está totalmente preparado y dispuesto para hacerlo.

Dos semanas atrás, celebramos con Vuestra Majestad el cumpleaños de un amigo común. Nos sentamos veinte viejos amigos en la mesa. Y le dije – no por adulación–, que hacía años que no lo encontraba tan bien, de tan buen humor, y que si el bastón se eliminaba pronto, volvería a pasar revista a sus tropas, que ahí, en esa imagen, es donde se resume su vocación militar y de servicio a España. Me ha sorprendido que en momentos altos se nos haya ido. Entiendo sus nubes. Pero, con todos los respetos y esperanzas que se acumulan en la figura del Príncipe, me atrevo a decirle que nos ha hecho una faena a millones de españoles. Los tiempos de su vida los establece Su Majestad, pero su permanencia era deseable. A quien le escribe, este asunto inesperado le ha jeringado bastante. Y no son sentimientos unidos a la nostalgia, sino a la realidad española, al momento político que vivimos, al intento y deslealtad en busca de la destrucción de España por parte del separatismo catalán. Está claro que el Príncipe está preparado para ser un gran Rey. Igual de grande podría serlo en unos pocos años.

Me siento perplejo. Pero ello no rebaja ni un milímetro mi admiración y mi gratitud. Como español, fuera de sentimientos y de fervores, le estoy profundamente agradecido a Vuestra Majestad. Ha sido un Rey cojonudo. Nada que ver con el aquel niño que partió una noche de la estación de Atocha con su hermano y don José Garrido para abrazar a unos padres, Reyes exiliados, que le enseñaron que España estaba por encima de cualquier cosa. Tanto diría, Señor, que el silencio me ordena. La Corona forma parte también de miles de españoles que lo dejaron todo por ella en los tiempos más difíciles. Le deseo lo mejor al gran Rey, que sabe mejor que nadie por qué ha dado este paso, aunque no terminemos de asumirlo. Una faena de las gordas, Majestad. Mi hondo cariño a un Rey excepcional.