Albóndigas y knickers

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La donación de Amancio Ortega de 320 millones de euros para combatir el cáncer en España, no ha caído bien en Podemos. Los podemitas, para crecer, necesitan ruina y pobreza, no riqueza, puestos de trabajo y generosidad. Amancio Ortega, para la banda de Pablo Manuel, es un explotador de la clase obrera, como Juan Roig, como todo empresario que invierte sus ganancias en el crecimiento de sus empresas. Para colmo, se desprende de 320 millones de euros para financiar investigaciones oncológicas, y cacarea el gallinero.

No era consumidor de Coca-Cola. Desde que Podemos, por medio del avispado vendedor inmobiliario Ramón Espinar, solicitó en el Senado la retirada de todos los espacios públicos y privados de los productos que comercializa Coca-Cola, me trasiego una botella cada día. Me gusta más la botella de cristal de cintura insinuante que la lata. Por otra parte, soy muy torpe con las latas y cuando abro la trampilla o portezuela, surge el chorro y me mancho los knickers. Soy muy de knickers mañaneros. Para escribir me visto de cazador o «farmer» y me salen los artículos divinamente. Tengo pensado, en un cercano futuro, saltar de los knickers al frac con condecoraciones para cumplir con mi diaria obligación articulista. Baudelaire escribió sus «Flores del Mal» con los pañuelos de seda anudados al cuello que le regaló nuestro don Mariano Téllez-Girón, duodécimo Duque de Osuna, la envidia del Zar Alejandro.

Y leo, ya con mis knickers verdes y monteros bien ajustados a mis antaño celebradas pantorrillas: «Está en juego el futuro de nuestros hijos y la industria de nuestra Comunidad, por ello, y para hacer reflexionar a la multinacional, solicitamos que se retire de todos los espacios públicos y privados, en el caso que nos atañe, en la institución del Senado, todos los productos que comercializa Coca-Cola»... Y firma la petición el senador, excelentísimo señor don Ramón Espinar.

Aparece en la oportuna fotografía, el señor senador Espinar en el autoservicio del comedor del Senado. Un plato verde –de un verde más feo que mis knickers– que deduzco colmado de judías de temporada. Otro plato con seis albóndigas y patatas fritas de guarnición. Buen metabolismo el del señor Senador. Las albóndigas del Senado son como las pelotas de tenis, pero don Ramón no se para en barras cuando se trata de asegurar el futuro de nuestros hijos y la industria de nuestra comunidad. En especial, la importante industria albondiguera. Lo chocante es la bebida que elige para pasar las albóndigas. Coca-Cola. No una Coca-Cola, sino dos, y en botella. Por un lado solicita al Senado que se retire la Coca-Cola, y por el otro se zampa dos botellas del producto denunciado por poner en juego el futuro de nuestros hijos y la industria de nuestra Comunidad. Que me aten esa mosca por el rabo. Estos muchachos de Podemos necesitan una lección urgente de coherencia. Claro, que un partido que se erige en feminista a ultranza con un jefe de filas que reconoce su deseo de azotar hasta que emane la sangre de la espalda de Mariló Montero, es como poco, un lío de partido.

Después de confirmar el exótico sentido de la frivolidad parlamentaria del senador Espinar, me atrevo a asegurar que los dirigentes de Podemos, además de grandes y fieles clientes de Coca-Cola, se visten en Zara y hacen la compra en Mercadona. Y me parece muy bien, porque la libertad también se contempla en esos menesteres. Así que me ajusto los knickers de algodón y «cashmere», toqueteo los lazos de las altas medias, renuncio a las albóndigas y refresco mi gaznaterío con una Coca-Cola como las que consume Ramón Espinar. Con una, no con dos, que a tanta lealtad con Coca-Cola no llego.