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Alfonso Pardo de Santayana

Tiempo de lectura 4 min.

05 de marzo de 2015. 00:17h

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Luis Alejandre 5/3/2015

El general de Ejército -4 estrellas- antiguo Jefe de Estado Mayor del Ejército(1998-2003) nos dejó el pasado sábado día 28 a la edad de 78 años. Perteneciente a una antigua saga de militares, representó el importante papel de una generación de oficiales que siendo muy jóvenes abrieron camino hacia las técnicas y sistemas de ejércitos más modernos y actuaron de correa transmisora respecto a generaciones posteriores que nos beneficiamos de sus experiencias y, en consecuencia, se tradujeron en la formación de un Ejército más eficiente.

Tras perfeccionar francés en las universidades de Dijon y Grenoble, Alfonso Pardo, teniente de Artillería en 1956, no tarda en seguir cursos en la Escuela de Artillería de Campaña del Ejército Americano en Fort-Sill, en la División Acorazada en Fort Polk y en el centro de Artillería Antiaérea de Fort Bliss. Tiene tiempo –aún no ha ascendido a capitán– para obtener el título de piloto de Ala Fija y de Vuelo Instrumental en Fort Ruker, que convalida posteriormente en Cuatro Vientos obteniendo el título de piloto de helicópteros que le extiende nuestro Ejército del Aire. Esta titulación marcará parte importante de su carrera.

Ya capitán se especializa otra vez en Fort Bliss en los modernos sistemas de misiles SAM HAWK. En 1967 mandará una batería en armas y tres años después obtiene el título de supervisor de dichos sistemas, que representarían una verdadera revolución tecnológica no sólo en el Arma de Artillería sino en todo el Ejército.

En 1975 se incorporaba a unas incipientes Fuerzas Aeromóviles del Ejército (Famet) de las que será Jefe de Estado Mayor y posteriormente, su comandante, con el grado de coronel (1988).

Antes (1981) se había diplomado en la Escuela de Mando y Estado Mayor de los EE.UU de Fort Laevenworth, con la calificación de «cum laude», algo no fácil de obtener por un oficial extranjero. De esta Escuela se incorporaría directamente a la Agregaduría Militar de Washington.

Todo este caudal de experiencias lo irá volcando desde distintos niveles de responsabilidad en sucesivos planes de modernización del Ejército: el META, el RETO y el NORTE. Es decir, participa en un largo y complejo proceso que abarca desde una importante reducción de unidades y efectivos, hasta la posterior suspensión del Servicio Militar Obligatorio, los Acuerdos de Coordinación con la OTAN y nuestra total integración posterior, y la proyección internacional de nuestras fuerzas –África, Centroamérica, Balcanes, Asia– que se iniciaron en Angola en 1989.

Antes de ocupar la Jefatura de Estado Mayor fue capitán general de Valencia, donde dejó un recuerdo imborrable. Sobre las magníficas unidades de aquella región constituyó lo que sería la Fuerza de Maniobra base de lo que han sido las modalidades de fuerza posteriores adaptadas a los fluctuantes escenarios en que hemos actuado durante las últimas décadas.

No caben en esta tribuna todos los contactos y experiencias que tuve con él, testigo como soy de su constante preocupación por la formación técnica y en idiomas de los cuadros de mando. Formación que no permitía se alejase del imprescindible legado moral que debe cimentar la vida de la gente de armas. Para los que vivimos durante años en el exterior, sus cartas eran modelo de estímulo, de apoyo, de preocupación familiar, de proyección de carrera. Hoy adquieren para mí un valor especial.

No es frecuente que una familia dé al Ejército cuatro generales –Jose Ramón, Fernando, Javier y el propio Alfonso– que alcanzaron importantes puestos de responsabilidad. Alfonso fue el último de los jefes de Estado Mayor que permanecieron en su puesto más de cuatro años sin depender del color político del Gobierno de turno. Sáez de Tejada, Íñiguez, Porgueres, Faura y él mismo, supieron mantenerse por encima de vaivenes políticos y dieron una estabilidad a la Institución más que positiva. Menos habilidad demostramos la siguiente generación. No fue positivo para el Ejército que en algo más de dos años se sucediesen cuatro jefes de Estado Mayor. Una bien estructurada pirámide de responsabilidades permitió mantener la esencia y las misiones de la Institución. Le costaba entenderlo a Alfonso Pardo y bien sé cómo peleó por evitarlo. Cómo le vi luchando en una escalera del Alcázar de Toledo defendiendo la posición del Ejército ante quienes intentaban expulsarnos de él. No fue el único, por supuesto. Hoy no tendría su sede en el Palacio de Carlos V nuestro Museo del Ejército.

Alfonso Pardo dejó escrito a mano, con su cuidada caligrafía, una especie de testamento que era una verdadera radiografía sobre la situación del Ejército. Daba pautas, que intente seguir, de cómo continuar gestionando, previniéndome de peligros que bien intuía. Otro documento de enorme valor para mí.

Éste es el legado de un hombre honesto, de profundas raíces cristianas, que dejó huella en el Ejército, arrastrando con el ejemplo, contagiando, impulsando. Unas generaciones nos beneficiamos de ello. Por ello nunca renunciaremos al honor de haber servido a sus órdenes.

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