Arañaza al idiomo

Tuvo que ser la emoción al verla. Venía de las Vascongadas de compartir mitin con Jesús Eguiguren, el maltratador de su mujer condenado por la Justicia. Le salvan los «peros», muy de aquella zona. Recuerdo las palabras de un bondadoso párroco de la comarca de Ordicia: «No defiendo los disparos en la nuca, pero»... Lo ha dicho José María Calleja: «Lo de Eguiguren estuvo mal, pero»... Y Ramón Jáuregui, que era presidente del PSE cuando Eguiguren le arreó a su mujer con las manos, el paraguas y un zapato, ha disculpado al anfitrión de Elena Valenciano: «Aquello sucedió hace mucho tiempo». Es decir, que el maltrato de género, si tuvo lugar diez años atrás, pasa a ser un bien cultural. Los «pero» de por allí. Los grandes jefes de la cocina vasca cuando la ETA asesinó a su colega Santamaría: «Hemos sentido la muerte de Santamaría, pero»... Pocos días más tarde la Cofradía de la Buena Mesa y la Academia Española de Gastronomía –hoy en día, hay más academias en España que truchas en Gredos–, organizaron en el Ritz de Madrid una comida de lujo con los cocineros del «pero», sin hacer mención alguna al asesinado Santamaría, y el segundo plato del interesante menú era «Ave de Invierno», y yo escribí, cándido de mí, que se trataría de pingüino, y para colmo, el que se llevó los palos fui yo. En fin, pero...

Arias Cañete ha cometido el error de disculparse por una frase «desafortunada». Como si el infortunio oral fuera delito. Elena Valenciano se sintió herida como mujer y ha convertido una olita en una galerna con alcance europeo. Su orgullo feminista herido no se resintió cuando abrazó y besó en público a un maltratador condenado, el presidente de los socialistas vascos. Arias Cañete ha dejado pasar unos días para aumentar los malos resultados de su deslizamiento. Si uno se desliza de palabra y abre la puerta de la manipulación, se disculpa al momento. Hacerlo con cinco días de retraso se me antoja absolutamente innecesario. No es disculpa sincera. Ante todo, no es disculpa apropiada, porque nada dijo que tuviera importancia para echar mano de la justificación. Elena Valenciano se abraza al maltratador de mujeres y no se disculpa. Está claro que no tiene a Arriola como consejero y jefe de campaña.

El que tiene la obligación de disculparse, ante todos los españoles que más o menos se sientan orgullosos de su idioma común, es José Blanco. No me refiero a los tramos en el AVE Madrid-Barcelona que han doblado su presupuesto inicial. Se trata de otro negociado. Estaba José Blanco, el avispado y antaño temido Pepiño, aguardando la llegada de la herida Elena Valenciano. Herida por una bobada, en su caso, una bobada encendida por su demagogia. Doña Elena llegó en perfecto estado físico a la gran ciudad gallega. Bastante, si tenemos en cuenta que venía de hacer pachas con Eguiguren, que además de maltratador de su mujer es íntimo amigo de Otegui y defiende a capa y espada la libertad de Bolinaga, Josu Ternera y De Juana Chaos. Y Elena habló. La mejor telefonista que ha tenido el PSOE ha adquirido con la experiencia y la cercanía de Rubalcaba un dominio de la palabra fascinante y encantador. Pepiño Blanco estaba pasmado con la riqueza de la oratoria de doña Elena. Y cuando le llegó el turno de palabra, con las lágrimas de emoción a punto de regato, superando el húmedo clima reinante en la sala, lo dijo: «El PSOE tiene una pedaza de candidato». Y eso sí merece una disculpa sincera e inmediata. Pero nanay. Terminó su discurso, se fundieron en una abraza y a cenar langostos. Lo de siempre.