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¿Y el 29 de abril, que?

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21 de abril de 2019. 22:54h

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Tomás Gómez 21/4/2019

Enfrascados en la campaña nacional y, peor aún, en como aniquilar a las facciones internas de sus respectivos partidos, los líderes políticos españoles están perdiendo de vista la perspectiva de lo que está ocurriendo en Europa.

El pasado 14 de abril hubo elecciones en Finlandia. Los socialdemócratas del SDP lograron vencer, aunque dados los resultados es posible que no tuvieran ganas de celebraciones.

La ultraderecha quedó segunda a tan solo dos décimas y ninguno de los partidos ha superado el 20% de los votos. Los conservadores y liberales se han desplomado, entre otras razones por su coalición de gobierno con los radicales xenófobos. Ahora, cualquier intento de formar gobierno se antoja difícil por la relevancia de la extrema derecha.

Los finlandeses no son los únicos, en Suecia su homólogo, el DS, obtuvo 62 diputados que bloquearon la cámara durante varios meses, en Austria y Polonia controlan el Gobierno; en Francia, Dinamarca, Italia, Holanda, Alemania y Grecia ocupan la segunda o tercera posición.

La ola de extrema derecha parecía que no llegaría a España, en unos días sabremos si es así o no, de momento cuentan con el apoyo europeo de personajes como Marine Le Pen. Lo que es evidente es que se trata de un movimiento que recorre de cabo a rabo Europa y que hay una conexión entre todos ellos.

La miopía de los partidos españoles ha hecho que jueguen con fuego en términos de país. Ocupar el poder situándoles en el tablero institucional es un error gravísimo de Ciudadanos y Populares cuyas consecuencias se verán en unos días. Intentar repetir el tripartito en España podría ser su suicidio.

Los socialistas han centrado la estrategia electoral en la polarización PSOE-Vox. Puede ser rentable en el corto plazo porque el miedo puede movilizar el voto, pero a la larga los radicales se refuerzan confrontando directamente con el Gobierno.

Abascal ya ha empezado a marcar la política nacional, no solo por sus histriónicas propuestas o por las expectativas electorales, sino porque ha conseguido que la táctica en la campaña gire en torno a ellos.

El sainete de los debates es el mejor ejemplo, sólo estaba previsto un debate y con una silla para Vox, la decisión de la Junta Electoral ha provocado una serie de reacciones en cadena que han terminado en dos debates con los cuatro principales partidos, justo lo contrario de lo que se pretendía.

Desde el principio debería haberse trazado una estrategia diferente para ganar al Partido Popular, que aún tiene abiertas las heridas por la división interna y el caso Gürtel o a Ciudadanos, cuya indefinición es proporcional a su inconsistencia. No hacía falta dar oxígeno a Vox.

En España hay cosas que deben cambiar porque ya tenemos suficiente recorrido democrático. Entre ellas está la de plantear la obligatoriedad de celebrar debates y en qué condiciones deben organizarse.

Pero lo que más preocupa, es que viendo la actuación de unos y otros en la campaña, esperemos que sean más sensatos después de las elecciones.

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