Autocrítica al dictado

La Razón
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Aunque una hábil maniobra de Felipe González a finales de los setenta terminó con el marxismo del PSOE, el partido se ha seguido manejando con una mano firme y sectaria, en la más pura tradición del estalinismo implantado por Alfonso Guerra. Recuerden: «El que se mueve no sale en la foto». Con sus formas poco suaves de costumbre, se lo ha recordado Susana Díaz a Irene Lozano, de quien ha dicho que «rectifica» porque «no era verdad lo que dijo» cuando describía la corrupción sistémica de los socialistas andaluces. «Te hemos escrito una autocrítica para que la firmes», decían los comisarios del PCUS al dirigente purgado antes de darle una botella de vodka y una pistola con una sola bala, que el desdichado alojaba en su sien para evitar el confinamiento de su familia en Siberia. Quienes conocen a la ex diputada de UPyD aseguran que antes de admitir un error, se dejaría arrancar a jirones la piel, justo lo que Mario Jiménez anuncia que se dejará su jefa en su lucha por la victoria de Pedro Sánchez, es decir, de la consiguiente entronización de Lozano y del que tuvo la ocurrencia autoritaria de empotrarla en la lista... que, como resulta notorio, es uno de los mejores amigos de Díaz. Entre los gajes más dolorosos de esta profesión se cuenta la obligación de fingirse tan estúpido como para creer los embustes que el político, o su lacayo, larga sin el menor asomo de remordimiento ni el más leve gesto de rubor. El periodismo está tan mal, que el culmen de las ambiciones es pasarse al lado oscuro: el que habitan los monjes negros de la antinoticia, los ex buscadores de información ahora expertos en ocultarla, los asesores que se permiten dar lecciones de ética y toda esa basura de los gabinetes.