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¿Cañones o mantequilla?

Tiempo de lectura 4 min.

12 de mayo de 2016. 04:57h

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Tomás Gómez 12/5/2016

Un cuento popular chino describe un relato sobre un antiguo emperador que tenía verdadera pasión por su hija pequeña. Tanto es así que la búsqueda de su felicidad se convirtió en una religión para él.

La princesa no encontraba al hombre de sus sueños, rechazaba un pretendiente tras otro y, a medida que esto sucedía, crecía el interés de reyes, príncipes y nobles por ella.

Un hombre humilde, ingenioso y harto de pasar penurias decidió enamorar a la joven, casarse y realizar el negocio de su vida.

Su rostro reflejaba el dolor y varias cicatrices propias de la vida en la calle y por eso decidió buscar, hasta el último rincón de China, a un artesano que le fabricase una máscara que ocultase su auténtico rostro, de apariencia bella, honesta y generosa y tan real que nadie se diera cuenta de que era un artificio.

Encontró al artesano y le hizo la mejor máscara de su vida: era hermosa, perfecta; el rostro era apuesto, generoso, sincero y tierno. Consiguió colarse en una fiesta en Palacio y sucedió: la hija pequeña del rey se acercó a él y le dijo que lo había estado esperando toda su vida, y que sabía que debían casarse.

Se casaron y el farsante fingió toda su vida, esforzándose por no ser descubierto. Murió antes que ella y, mientras le amortajaba, la princesa descubrió que llevaba algo pegado al rostro, lo despegó y comprobó que era una máscara idéntica al auténtico rostro del hombre. La mujer no entendió nada. Sin embargo, estaba claro, tanto había sido su empeño en convertirse en quien no era que al final lo consiguió. Ese camino es el que ha tomado el Sr. Pablo Iglesias y los ideólogos de Podemos. Intentan ser lo que no son, el PSOE.

Algunos factores juegan a su favor, son audaces y consideran la política un juego, cuestión que les desinhibe y les ayuda a romper con el comportamiento al uso de lo políticamente correcto. Han diseccionado con frialdad a su objetivo y se empeñan en noquearlo.

Cometen muchos errores, son inexpertos e incluso rayan, en ocasiones, la frivolidad, pero consiguen marcar la agenda informativa del día a día. Se nutren de la lentitud o de la torpeza en la respuesta de los demás y su zona de confort la encuentran cuando toman la iniciativa.

Con un movimiento y un gesto intentan desmontar la imagen que quedó para algunos sectores en las negociaciones: que Podemos impidió un gobierno progresista. El movimiento es la UTE (Unión Temporal de Empresas) con IU, el gesto, la propuesta al PSOE de sumarse a sus listas para el Senado.

Para ello se modula un poco el discurso y punto. IU ya no es una organización ceniza y aburrida y la denostada Cámara Alta ya no es una institución inútil que debe desaparecer.

Los socialistas hemos soportado algunas humillaciones en los últimos meses. Alguno, cegado por el miedo y la ambición a la vez, intentó emular a Enrique IV, en su «París bien vale una misa», en este caso, hubo misa pero no entró nadie en París.

Los últimos 137 años han caminado juntos España y el PSOE, de manera que no se podría entender la historia de la una sin el otro. Los socialistas no necesitan una máscara con la que disimular su auténtica identidad, su rostro es el molde de la máscara que quieren construir otros.

El PSOE es la izquierda política española debe volver a representar a la izquierda social, hoy huérfana de bandera. Pero la grandeza de la socialdemocracia es que hace muchos años que superó forjar un proyecto solo para los que piensan como ellos, el proyecto del socialismo democrático es para toda la sociedad, porque las necesidades de los seres humanos son las mismas, las de los unos y las de los otros.

Un economista clásico, David Ricardo, popularizó un modelo económico que se basaba en un supuesto muy rígido en el que solo había dos bienes: mantequilla y cañones. El PSOE debe elegir entre política y teleprompter.

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