Cochambre y basura

La Razón
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Durante un largo período de tiempo los españoles nos acostumbramos al horror y al terror. Leíamos en los periódicos que la ETA había asesinado a un inocente y seguíamos desayunando. Era un militar, un guardia civil o un policía nacional que velaba por nuestra seguridad y nuestra libertad, y mojábamos la tostada en el café. Eran siete niños destrozados por los explosivos traidores, y después de sentir el látigo de la indignación, proseguíamos con el desayuno. Éramos unos cobardes mansos y estabulados, unos insensibles alejados del auténtico dolor y la obligada gratitud a quienes ofrecían sus vidas por las nuestras. Los dejamos solos. Sus problemas y sus heridas incurables –me refiero a los familiares de los héroes asesinados– nos rozaban muy levemente la piel. Nos convertimos en una sociedad egoísta, ingrata, miedosa, acomplejada, avariciosa y vil. Pero sobre todo, en una sociedad cobarde. Los políticos y los periodistas tuvimos mucha culpa de ello.

En España y en su vida pública y oficial, entró de golpe y con fuerza la cochambre y la basura. En la apariencia y en el fondo. Las instituciones fueron violadas por la suciedad, el mal gusto y la grosería. Si fuimos cobardes ante la muerte de nuestros inocentes, con más desidia aceptamos la gorrinería imperante. Y al cabo del tiempo, un Tribunal Constitucional adherido en su mayoría a un legítimo Gobierno insensato, abrió las puertas de las instituciones a los que nos habían asesinado, a los que nos habían herido y mutilado, y lo que es más grave, a los que nos habían convertido en una sociedad egoísta y cobarde.

En el Congreso de los Diputados subió a la tribuna de oradores un parlamentario de Amaiur. Cuadra se apellida, y le va muy bien. Llevaba una camiseta aparentemente alejada del jabón con la «Estrellada» en el pecho, la bandera separatista de Cataluña. Creí confundirme, porque Amaiur es consecuencia de nuestra cobardía con la ETA, no de nuestra complacencia con «Terra Lliure». Y hablaba el petimetre sórdido y sudoroso cuando comenzó a arrancar de un libro páginas y páginas. Un libro, el que sea, no puede ser objeto de semejante agresión. Menos aún, en la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados, si el libro vejado y deshojado es un ejemplar de la Constitución Española. Arrancaba Cuadra las páginas que contienen los artículos referentes a la indisoluble unidad de España. Se oyeron algunas p

rotestas provenientes de la bancada del Partido Popular, pero el Presidente del Congreso, señor Posada, no supo reaccionar a tiempo. Tiene potestad para retirarle la palabra y expulsar del hemiciclo a cualquier diputado, sea honorable o forajido. No lo hizo. Y sorprendentemente, ningún representante socialista afeó al agresor, porque Cuadra nos estaba insultando, vejando y golpeando a todos los españoles, incluyéndose a sí mismo. Aquello, más que el templo de la libertad y la legislación se asemejó a una casa de putas, con su «Madame», Pedro Sánchez, que parecía ajeno a la infame escena. El templo de la inacción, de la grosería, y de la cobardía.

Nada puede el español de a pie contra un representante de la soberanía popular, aunque esta soberanía venga directamente de la violencia terrorista y el entorno del crimen. Pero un Presidente del Congreso, con el reglamento en la mano, sí puede reaccionar. Sucede que, al igual que el resto de nuestra sociedad contagiada de infección y cobardía, no supo hacerlo. Y ésta es nuestra desgracia. La convivencia, la libertad, el respeto, los derechos, los deberes y la estética de nuestras instituciones han sido devorados por quienes odian a España. Y admitidos por quienes no se atreven a defenderla.