Concursos malditos

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Hay personas que pasan por los cargos como elefantes por cacharrería. Personas que introducen cambios a veces poco estudiados y otras veces con propósitos oscuros. Lo peor en estos casos es cuando las decisiones que toman se vuelven prácticamente irreversibles. Esto es aplicable a algunas de las medidas tomadas por Juan Carlos Marset, director del Inaem bajo el ministro César Antonio Molina.

Estos días son comidilla las inauditas ventajas fiscales de las que goza el Teatro Real. No son sino una forma de paliar el desastre que Marset creó en el Real con un cambio en su modelo de gestión que se tradujo en la pérdida de unos fondos propios de más de 30 millones de euros acumulados por sus anteriores gestores desde su reapertura hasta 2007.

Pero hubo otras medidas aún más perjudiciales porque afectan a muchas instituciones: el código de buenas prácticas y los concursos. Podían parecer entonces provenientes de loables ideas. Hoy, con amplia perspectiva y sabiendo lo que en la práctica ha ocurrido, bien puede pensarse que también respondieron a oscuros objetos del deseo.

Hace unos días fue penosa la presentación de la Semana de Música Religiosa de Cuenca. Es inenarrable lo que se vivió en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Hubo una intervención delirante que, en su delirio, desveló muchos y graves problemas. Es conocido que la Semana arrastra cuantiosas deudas pero que las autoridades no podían dejar caer un certamen con la solera de sus 56 ediciones. Sin embargo la chipa que esta vez prendió la mecha fue el concurso para nombrar un nuevo responsable artístico. El proceso no ha sido nada objetivo, hasta a el punto de hallarse recurrido ante los tribunales. Lo contaremos próximamente en un repaso general, porque lo más grave es que otro tanto ha sucedido en los concursos convocados para el Auditorio de Alicante, el Palau de la Música de Valencia, La Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, el Teatro de la Maestranza...

Nada nuevo. Se convoca un concurso con unas bases pensadas adhoc para el candidato que se tiene en mente y se nombra la comisión más adecuada para que se vote tal candidato. Exactamente igual que las oposiciones en las universidades.

El célebre código de buenas prácticas y los concursos han estado viciados de origen porque con ellos, tanto Antonio Molina como Marset, lo que intentaron fue simplemente colocar los deseados sin aparecer como responsables de ello. ¿Se acuerdan de López López en el Auditorio Nacional? Y con la misma filosofía continúan.

Basta de concursos amañados, que hacen perder el tiempo a los candidatos y a las comisiones. Nombramientos a dedo a quienes parezcan los más adecuados a quienes pagamos por elegir y responsabilizarse de sus decisiones. No más paripés, por favor.