Conversación en Cuzco

La Razón
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El día ha sido un encadenamiento de paseos y visitas que sólo puedo definir como fascinantes. La jornada se acerca a su final y me he sentado a conversar con uno de mis anfitriones peruanos. Debe de tener algo más de treinta años y, tras repasar la grandeza de los incas y el plan para los días siguientes, comienza a hablar de su vida personal. Está casado y hace apenas unos meses llegó un niño a su familia. Ahora, el pasado glorioso se ha desvanecido y lo único que cuenta es el presente ineludible y el futuro inmediato. Las grandes construcciones de Cuzco ceden el paso ante cuestiones en apariencia triviales como lo que ha subido el kilo de pollo o el coste de los pañales. Mi interlocutor confiesa, en algún momento con los ojos húmedos, que no tiene la menor seguridad de que su hijo vivirá mejor que él. No es que la existencia del cuzqueño haya sido fácil, ésa es la verdad. Pertenece a una familia numerosa que salió adelante sobre la única base de un padre trabajador y de una madre hacendosa y ahorradora. Ha conocido lo que son las privaciones y la brega continua, pero ahora... Sí, es verdad que el gobierno no deja de insistir en que Perú está creciendo a buen ritmo y en que la situación económica es mejor que en el pasado inmediato. Mi compañero de plática no cree en esas afirmaciones por mucho que se escuchen día y noche. Lo que él vive es que no consigue llegar a fin de mes con su salario y que las posibilidades de remontar esa situación no se dibujan en el horizonte. En un momento determinado, dedica un recuerdo emocionado a Fujimori quien, según él, acabó con el terrorismo y estabilizó la economía. Mi cuzqueño acompañante lo ignora, pero con sus palabras confirma por enésima vez algo que he contemplado en cuatro continentes. La mayoría de la gente, independientemente de su raza, religión o posición, aspira, fundamentalmente, a vivir sin agobios, a contar con una ocupación que les permita pagar comida, vivienda, vestido y algún pequeño extra y a ver cómo sus hijos tienen la oportunidad de vivir siquiera un poco mejor de lo que ellos han logrado. Lo que digan los analistas, los políticos, los economistas les trae absolutamente sin cuidado porque ninguno de ellos les paga la cuenta de los alimentos, de la ropa o de las medicinas. Así es en Cuzco, en Soria o en la Cochinchina.