Política

Manuel Coma

Del puño en alto a pacificador

Del puño en alto a pacificador
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Del sinnúmero de titulares que inundan la prensa mundial, este del «Wall Street Journal» es el más digno de un plagio admirativo, no por su belleza literaria sino por su exactitud descriptiva. De orígenes aristocráticos en su propia etnia, el Mandela luchador contra el «Apartheid» tuvo un comienzo relativamente moderado, pero pronto se convirtió en un revolucionario radical, firme creyente en el marxismo, entrenado por argelinos en Marruecos para dirigir un movimiento guerrillero. Sin embargo, salió septuagenario tras 27 años de cárcel, la mayor parte en una celda de dimensiones asfixiantes, sin rasgo aparente de resentimiento alguno, habiéndose propuesto unir al país y evitarle los destructivos traumas de una transición sangrienta dominada por el espíritu de venganza contra los opresores del día anterior. Comprendió que los oprimidos de siempre, por muy mayoritarios que fuesen, iban a ser los principales perdedores e intuyó que la misión del estadista no es tomar desquites, sino conciliar.

Sin poner en duda sus talentos, su grandeza reside en ese carácter moral que lo ha convertido en una de las grandes figuras políticas de la segunda mitad del siglo XX. No sería justo ni inteligente olvidar que la hazaña de Mandela fue posible gracias a que tuvo enfrente a una personalidad que, partiendo del extremo opuesto, compartió la misma visión y mantuvo, contra similares resistencias, el mismo pulso: el jefe del último Gobierno blanco y racista, De Klerk. Éste llegó a la conclusión de que el régimen era inviable y, haciendo de tripas corazón, supo superar sus arraigados prejuicios y asumir los graves riesgos, siendo capaz de ver en Mandela al socio adecuado para evitar un baño de sangre y preservar el máximo posible de la prosperidad que los creadores blancos del país le habían proporcionado, tratando de extender a la totalidad la democracia de los menos. Las raíces e historial de cada uno les daban la base de legitimidad desde la que realizar la arriesgada pirueta hacia un futuro idolizado por unos y temido con horror por los otros.

La grandeza hoy universalmente celebrada de Mandela reside en que su certera visión y generosas intenciones no se limitaron a la realización del cambio y la toma del poder político, sino que pervivieron a lo largo de toda su presidencia, que, en magnífico ejemplo, quiso que fuera de un solo mandato y que dejó pidiendo perdón por algunos de sus más graves errores. Como contraste, lo que podía haber sido el personaje y el país lo podemos ver al otro lado de la frontera en el desgraciado Zimbabue y el loco vesánico de Robert Mugabe, pero ejemplos de brutales y corruptas dictaduras son legión en el África poscolonial y nada raros en otras latitudes. Mandela no pudo «mandelizar» a todos sus compañeros y seguidores, y en el país no ha dejado de haber deslices en dirección contraria a la que le señaló su refundador.