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Do ut des-Quid pro quo

Tiempo de lectura 4 min.

27 de enero de 2017. 22:39h

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Enrique López 27/1/2017

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Normalmente se produce un mal uso de las expresiones «Quid pro quo» en lugar de «Do ut des»; la razón es que en el idioma inglés «Quid pro quo» comenzó a aplicarse por error para referirse a la reciprocidad en un trato explícito o implícito en un intercambio de favores. «Quid pro quo» nace como una expresión que se refería a la confusión producida al usar el pronombre interrogativo-indefinido singular de género neutro «quid» (en caso nominativo) en lugar de usar «quo» (en caso ablativo); como consecuencia de que este error gramatical comenzó a ser habitual, se extendió su uso para indicar un error conceptual o confusión entre personas de gran parecido en el teatro, dando lugar a divertidos argumentos de confusión, por ejemplo en Meneachi de Plauto, adaptada por Shakespeare en «La Comedia de las equivocaciones»; se puede concluir que esta expresión termina significando uno por lo otro, que al final da igual. Por el contrario, la locución latina apropiada para expresar reciprocidad es «Do ut des» (doy para que me des), la cual proviene de un uso religioso de las ofrendas, –ofrezco a los dioses para que me concedan algo–, y que hoy encuentra su uso relevante en el ámbito de la política, especialmente en el de la negociación. A veces, cuando se producen negociaciones políticas en materia de nombramientos para altas responsabilidades del Estado, estas dos locuciones se mezclan. Por ejemplo, si analizamos la expresión desde el lado de algunos, su capacidad de propuesta está inspirada por el «quid pro quo», me vale lo mismo éste que aquél si me resulta afín, mientras que cuando el que propone es el otro, se produce una fuerte reciprocidad, de tal suerte que la negociación se basa en un estricto «do ut des», doy para que me des, pero eso sí, en la consecución del acuerdo ya no actúa el «quid» por cuyo, en este caso ya no vale, se imponen vetos, apoyando a cualquiera de los elegibles, siempre que no sea alguien en concreto. El problema radica cuando este tipo de exclusión del elegible no obedece a razones técnicas o de valoración profesional, sino que utilizando medios de comunicación afines se justifica en una profunda descalificación de aquella persona. En muchas ocasiones esto obedece a un ejercicio secuaz, que, sin caer en el fanatismo, genera un cierto grado de intransigencia. Lo grave no es sólo que se produzca, sino que y además, siempre se da en un solo sentido, «la ley del embudo», algo así como las equivocadas decisiones arbitrales cuando, alejándose del azar del error, siempre se producen en la misma área, y ello, desde la superioridad moral de aquellos que creen que su ideología o pensamiento es más acertado. Don Quijote le aconsejó a Sancho: «Jamás te pongas a disputar de linajes, a lo menos comparándolos entre sí, pues por fuerza en los que se comparan uno ha de ser el mejor». En cualquier caso, no cabe duda de que los acuerdos políticos son necesarios y en sí mismos legitiman las decisiones, siendo de esperar que estén inspirados por el bien común. Falta hace.

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