El barecillo de Mou

Desde que el deporte da más carne de cañón que la casquería del «Sálvame», a los que antaño conocíamos en los cromos repes los tenemos ahora en la fosa séptica de la tertulia, muy bien peinados, pero con el acre olor del desperdicio. Confieso que me encantan sus peleas del barro en las que como en el patio del colegio siempre hay un pelota, un pegón y un tonto que no se entera. Mejor una polémica futbolera a que reciten el marcador del Betis, porque para ser niño de San Ildelfonso no hay que pasar por la facultad, que es lo que me repite mi nuevo mantra. Cuando los deportivos eran los mejores escritores la batalla se hilaba con sintaxis de plata, pero incluso ahora que hay más patanes que pícaros entre el talento, me asombra cómo se para el mundo por un balonazo. Lo de Mou es ya otra galaxia que tendrá tan difícil sucesión como Isabel Preysler en el «¡Hola!» cuando a la aristocracia le sucede Paquirrín. El vestuario del Madrid tiene más misterio que las cuentas de Suiza. Si es verdad lo que se cuenta, a los jugadores que se creen el ombligo del mundo o masters del universo deberían ponerles cara a la pared o a fabricar patucos para el hijo de Shakira. Casillas tendrá tiempo de meditar las semanas que le quedan para su recuperación y Sergio Ramos con hacerse la raya del pelo ya tiene medio día perdido. Mou es el héroe y es el villano, perfecta combinación para la tragedia contemporánea en la que el bien y el mal juegan en el mismo campo. Es el superhombre al que le salen al paso hombrecillos que envidian lo chulo que es sin que se rasque la bragueta, el perfecto antídoto de la generación de la Logse que no han aprendido que el maestro no es el chicle que se pega en el zapato. Cuando el Madrid supere esta etapa acneica, a los merengues no les amargará la tarta pero, como pasa cuando nos hacemos mayores, todo será más aburrido. Mou no lo permitirá.