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El Bernabéu

  • El Bernabéu

Tiempo de lectura 4 min.

02 de junio de 2013. 20:44h

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Alfonso Ussía 2/6/2013

Después de firmar un contrato con el nuevo anunciante de la camiseta del Real Madrid –ahí están los emiratos árabes–, el presidente Florentino Pérez ha anunciado que próximamente el «Estadio Bernabéu tendrá un apellido». Es decir, que no me había enterado hasta ahora de que Bernabéu no es un apellido, sino un nombre de pila, un mote o una forma familiar y cariñosa para referirse a don Santiago. Don Santiago era especial. Carácter bonachón, retranca cazurra y de cuando en cuando, contundente. Honestidad cimera. Cuando falleció, entre seis miembros de la directiva del Real Madrid regalaron a su viuda, doña María, lo que don Santiago no le pudo comprar por su agobiada situación económica. Un aparato de televisión en color. Hoy carece de importancia en un club como el Real Madrid el aforo del estadio, pero la visión de Bernabéu fue fundamental para alcanzar la máxima grandeza social y deportiva del Real Madrid. Fichó a Di Stéfano y construyó un estadio con capacidad para cien mil espectadores. Los clubes de fútbol se nutrían exclusivamente de la taquilla, y Bernabéu apostó fuerte. Para llenar el estadio formó el mejor equipo de la historia, y apoyó de manera incondicional al diario francés «L'Equipe», ideólogo de la Copa de Europa. El fabuloso equipo ensamblado por Bernabéu conquistó las cinco primeras copas de Europa, y dos árbitros ingleses, Ellis y Leafe, le robaron la Sexta en la semifinal contra el Barcelona, porque la UEFA no estaba dispuesta a que el Real Madrid de Canario, Del Sol, Di Stéfano, Puskas y Gento se adueñara del título más prestigioso del continente. Cuando el gran don Alfredo sintió, después de la primera final perdida contra el Benfica de Eusebio, que menguaba su estrella, habló con Puskas y Gento, y los tres se presentaron ante el «Viejo» –como cariñosamente lo llamaban y no era su apellido–, para que fichara al fenómeno angoleño. Eusebio ya les había dicho que su mayor ilusión era jugar en el Real Madrid. Pero aquel día, Bernabéu no estaba de buen humor, y los despachó con cajas destempladas: «Mientras yo viva, aquí no jugará ningún negro ni un blanco con bigote». Fue la mayor equivocación de su vida. Al año siguiente de decir semejante bobada, fichó a Didí, que era negro y tenía bigote, y el brasileño fracasó. El Real Madrid se quedó sin Eusebio por un arrebato de poder iracundo. Su último fichaje, porque fue suyo, se llamó Stielike, un bigotudo alemán que dio al Real Madrid nueve años de trabajo, sacrificio y grandísimo fútbol. Pero don Santiago no lo disfrutó porque ya estaba devorado por la metástasis de su cáncer.

Sin Bernabéu el Real Madrid sería un club importante, pero no el mejor club del siglo XX, título que le concedió la FIFA. Y Bernabéu, que es un apellido, no merece compartir la gloria y la memoria con otro nombre más. «Estadio Santiago Bernabéu». Suena muy bien. Estoy seguro de que el proyecto de remodelación del estadio será formidable, pero no considero justo ni oportuno añadirle un apellido más a cambio y trueque de una abrumadora ayuda económica. Bernabéu, por cuyas manos pasaron decenas de miles de millones de pesetas, murió pobre, como lo fue siempre, y no le pudo regalar a su mujer su mayor ilusión, ese aparato de televisión en color con el que llenó sus años de viudedad. Los tiempos cambian, y los intereses, y las cifras y las dimensiones, pero hay valores y principios que no pueden ser sustituidos por nada. El estadio del Real Madrid ya tiene un apellido, el más rumboso. Bernabéu. No necesita ningún otro a su lado.

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