El Frexit

La Razón
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Cuando el aire frío sopla en Francia, quien acaba acatarrado si no pone remedio es España, incluso a veces, aunque lo ponga. Algo grave está ocurriendo en el país vecino cuando las expectativas electorales de la Sra. Marine Le Pen y el Sr. Jean-Luc Mélenchon son tan altas.

Los franceses no están a gusto ni con su país ni con su continente y esto no es consecuencia exclusiva de la crisis. En 2005 votaron no a la Constitución Europea y no fue la primera vez que recelaban del proyecto común de Europa, ya años antes se había pronunciado la mitad del país en contra de la unión monetaria.

Amplias capas de la sociedad no encuentran luz al final del túnel en que la crisis social, económica e institucional, les ha atrapado. En este contexto, el “humor de los electores”, como lo llamaría cualquier experto en campañas electorales, es tremendamente receptivo a los mensajes anti europeos, de defensa del proteccionismo económico y de recelo e incluso rechazo a la inmigración.

En esto coinciden la extrema derecha de la Sra. Le Pen y la izquierda radical del Sr. Mélenchon: el mismo mensaje para los mismos electores, por los que están compitiendo.

El Frente Nacional se ha reinventado, lo que empezó en los años setenta como un partido xenófobo y fascista con un reducido grupo de seguidores, ha logrado el apoyo de sectores obreros, como los del valle del Fenchs, antigua potencia siderometalúrgica del país.

Además, geográficamente, el FN ha sabido colocar dos mensajes diferentes: uno en el Sur, donde una población envejecida confronta día a día con jóvenes de origen inmigrante, muy receptiva a su esencia original racista y otro, en el Norte, con poblaciones golpeadas por la desindustrialización y donde la crisis y la desigualdad se convierte en el centro del discurso.

Por otra parte, hay un voto ideológico de exvotantes de izquierdas desencantados con sus partidos de siempre, así, columnas enteras de exmilitantes comunistas en Marsella han encontrado en la extrema derecha una plataforma de rechazo contra un sistema que no han compartido nunca.

Paradójicamente, el Sr. Mélenchon se nutre de los mismos votantes porque les ofrece lo mismo. La izquierda post comunista de Francia Insumisa está consiguiendo recuperar parte de ese voto, para ello, primero atacó y debilitó a la socialdemocracia mediante el uso del populismo, esto sumado a los errores propios de los socialistas franceses y, particularmente, a los del presidente François Hollande, allanó su camino.

No es de extrañar que Podemos mire con ojos golosos el “fenómeno Mélenchon” y tampoco, que tarde o temprano, se desgaje del arco político actual un sector de extrema derecha que reciba apoyo bajo los mismos postulados que el FN francés.

En unos días sabremos si el Sr. François Fillon y el Sr. Emmanuel Macron consiguen resistir y ganar el Elíseo, pero, sin duda, es motivo de preocupación que a estas alturas cuenten con posibilidades los partidos extremistas y que, a cambio, haya desaparecido de las quinielas cualquier atisbo de posibilidad socialista.

La socialdemocracia y la democracia cristiana construyeron una Europa en paz, solidaria y próspera, la emergencia de radicalismos puede acabar con todo lo edificado durante más de medio siglo. Un Frexit después del Brexit, acabaría con el sueño de un mundo mejor.

La socialdemocracia tiene la obligación de reconstruirse y fortalecerse en Europa, para frenar los populismos de izquierdas, luchar contra los xenófobos y el fascismo es cosa de todos, especialmente de los conservadores más moderados, unos y otros no pueden volver a decepcionar a la sociedad.