El mito

En la vida de un hombre hay un cupo para la esperanza, igual que lo hay para acumular tópicos y lugares comunes que nos ayuden a justificar nuestra existencia, de modo que podemos coleccionar conocimientos magníficos para debatir con cierto brillo en una tertulia y simples refranes con los que salir del apuro en cualquier charla de ascensor. Hay también una edad para la admiración, sobre todo en la adolescencia, en ese tramo de nuestra existencia en el que casi todo es la primera vez que nos ocurre. En ese instante se fragua la admiración por alguien como Mandela, que a muchos nos cautivó por lo que sufría tanto como por lo que pensaba. La ardua y dolorosa vida penitenciaria resulta un hito sacramental en la biografía de un hombre. El retrato del mito fragua mejor si se combina con el perfil del esclavo, con el preso, con el paria, con el fugitivo, como ocurre en el caso del formidable Mandela, cuya personalidad se yergue sobre la tenaz destrucción de su libertad, en medio de calamidades políticas y humanas sobrecogedoras y extremas, en un apostolado pacifista sostenido a pesar de casi treinta años de reclusión. En su caso se quiebra la idea de que la supervivencia prolongada influye siempre en contra de la consistencia del mito, que a menudo suele ser más una consecuencia de la fatalidad dramática que del pensamiento más hondo. El suyo es el mito longevo del hombre idealista, contrapuesto al mito fulminante del tipo cuya celebridad no se corona con un pensamiento comprometido y profundo, sino por un error al tomar mal con su coche la encía roída de aquella jodida curva en Bel Air. Acaba de morir con admirable dignidad un sorprendente mito nonagenario, y ocurre en un odioso momento de falsedad intelectual en el que lo que se valora del pensamiento de un hombre no es la persuasión de su voz al explicarse, sino el olor de su aliento al callar.