«Es cosa mía»

La Razón
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Al iniciarse la guerra en Siria, todo el mundo buenista se puso al lado de los llamados «rebeldes». Escribí un artículo al respecto en el que me preguntaba los motivos del repentino amor de norteamericanos y europeos hacia un poderoso ejército del que no se sabían sus objetivos. Se sabía que Assad era un tirano que gobernaba Siria con mano de hierro y una inflexibilidad inmisericorde, pero también que su Gobierno actuaba de freno y prevención contra la expansión de la Yihad islámica. Obama y los soñadores de la Unión Europea se pusieron del lado de los «rebeldes», y el único dirigente mundial que intuyó lo que allí sucedía fue Vladimir Putin. El ruso jamás elogió a Assad ni valoró su bondad y sentido de la justicia. Se limitó a sospechar que los llamados «rebeldes» que combatían con poderosísimos medios contra el régimen y el Ejército de Assad eran mucho más sanguinarios que el propio Assad. Pero aquí, en el agradable mundo occidental, estaban encantados con los «rebeldes».

Mi información era meramente periodística, y por lo tanto sembrada de mensajes subliminales a favor de los «rebeldes», pero aun así, aunque Putin no lo notara ni me agradeciera el detalle, me puse de su lado. Entretanto, los Estados Unidos y la Unión Europea seguían de cerca con enorme satisfacción los avances de los «rebeldes» en territorio sirio. Sólo hay unos tontos más tontos que los políticos europeos. Los tontos de los políticos norteamericanos. El Estado Islámico, el terrorismo yihadista que ha superado con creces la amenaza y el riesgo para el mundo civilizado que representaba Al Qaeda, es consecuencia de aquella invidencia del mundo occidental.

Churchill vio el futuro de la Alemania hitleriana, lo denunció y a punto estuvieron de correrlo por «Oxford Street». Para mí, que el político es un hombre que jamás mira al horizonte y se conforma con lo más inmediato. Le debo mucho respeto a Aznar, pero él, Suárez, González, Zapatero y Rajoy son tan responsables de la corrupción generalizada de Cataluña como lo pueden ser los Pujol, Mas, Puig y Gordó. Todos cerraron los ojos a cambio de los apoyos eventuales de los nacionalistas. Recuerdo mi primera visita a La Moncloa, con Aznar de inquilino. Almorzamos un grupo de columnistas de ABC. Jaime Campmany, José Javaloyes, Antonio Mingote, Alejandro Muñoz-Alonso, Isabel San Sebastián, y creo recordar que yo mismo. En un momento dado, Aznar nos pidió más suavidad y dulzura –especialmente a mí– en nuestras críticas a Javier Arzallus. Era en su principio. – Se ha creado una corriente de simpatía mútua y creo que va a ser leal-. -Presidente -le dije-. Ya te ha engañado. Engañó al Rey, a Sabino Fernández Campo, a Suárez, a Felipe González y te ha llegado el turno. No lo conoces. Es más listo que todos vosotros y en mi opinión, el jefe del tinglado. No cuentes con mi suavidad-. Y Aznar ensayó una nueva mueca.

Los políticos no saben elegir entre los malos y los peores. Me lo decía un gran general de nuestro Ejército de Tierra, también paracaidista, héroe en Bosnia. –En Madrid han decidido que éstos son los buenos y ésos son los malos, y son malísimos todos. El odio está sobre ellos-.

Creo que esto ha sucedido, con riesgo infinitamente mayor para los que estamos debajo de la boina de los dirigentes buenistas, con Siria. Putin y Lavrov supieron ver lo que en Siria sucedía. Y los israelitas, claro, que son el primer muro de contención, la defensa de la feliz y mema Europa contra el terrorismo islámico. De ahí que sea preciso y precioso –por preciado- el mensaje de un político que nada teme a la incorrección política. Que no se mueve en la hipocresía, aunque si es necesario, alcance a ser el más hipócrita de todos, como lo fue Metternich, que se rio hasta de Fouché. Putin, en un alarde de religiosidad eslava, lo ha dicho: «Perdonar a los terroristas es cosa de Dios. Enviarlos a Él es cosa mía».

Por desgracia, Putin no se presenta a las elecciones generales del 20 de diciembre. Tendría mi voto. Y millones más.