Experimentos españoles: el abucheo

La Razón
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Es posible que los españoles estemos a punto de lanzarnos a uno de esos experimentos que los demás países europeos contemplaban antes (cuando éramos el país más romántico del mundo) con admiración teñida de desprecio y ahora contemplarán (ante el suicidio de un competidor) con desprecio teñido de regocijo. Somos así. Después de los siete años de revolución postnacional y postmoderna de Rodríguez Zapatero, ahora toca la integración en el Gobierno de organizaciones antisistema. Todos sabemos cómo va a acabar el experimento. Pero vamos a intentarlo, claro que sí...

En realidad, llevamos cuarenta años de experimentación, construyendo una democracia sin nación que la sustente. Todo indica, sin embargo, que el experimento se ha terminado, y no precisamente bien. La falta de consenso nacional es una de las razones que explican la facilidad con que se abre la puerta a partidos u organizaciones antisistema, en vez de esforzarse por establecer un pacto democrático entre los grandes partidos nacionales. Es esa misma ausencia la que ha llevado a la actual situación en el País Vasco y en Cataluña, con la práctica desaparición de esos mismos dos partidos.

No parece importar mucho, sin embargo, y ninguno de ellos –tampoco el Gobierno– parece demasiado preocupado por estas cosas. Hace tiempo que se podía haber previsto, y legislado, sobre un escándalo como el del abucheo a los símbolos nacionales en los estadios de fútbol. Es algo que ninguna democracia liberal permite, pero que nosotros, más abiertos y libres que nadie, toleramos sin problemas.

En realidad lo aceptan los dirigentes, que demuestran así que para ellos la idea y el concepto de nación no tienen mucha importancia. No ocurre lo mismo en buena parte de la opinión pública, bien expresada por diversos medios de comunicación, entre ellos LA RAZÓN, que no entiende cómo se permite el insulto público a lo que es la base misma de nuestra convivencia, el fundamento de nuestras instituciones liberales y democráticas. ¿De verdad se respetan estas si no se respeta aquello que les sirve de fundamento y que es, de hecho, una de las razones últimas de su existencia? Hemos llegado al final de un ciclo y buena parte de la opinión pública española contempla estupefacta cómo continúa la misma dejadez, por no utilizar otro término, que lleva a no defender aquello que es patrimonio de todos y base del patrimonio de cada uno. Esta realidad contribuye a explicar los recientes resultados electorales y quizás explicará los que vienen.