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Fue posible la concordia

  • Fue posible la concordia

Tiempo de lectura 2 min.

27 de marzo de 2014. 00:25h

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Abel Hernández 27/3/2014

Me he llevado un sobresalto grato cuando me he enterado de que el epitafio grabado para siempre en la lápida de la tumba de Adolfo Suárez, en el claustro de la catedral de Ávila, es «La concordia fue posible». En 1996 Espasa publicó un libro del que Suárez y yo fuimos coautores. En realidad, él puso los textos de sus intervenciones –en el Parlamento, en la televisión, en declaraciones a los medios...– que a mí me fue facilitando Eduardo Navarro o busqué por mi cuenta, y que yo seleccioné, resumí y organicé. Con ese material escribí el contexto. En realidad, como el propio Adolfo Suárez reconoce en el prólogo, yo escribí el libro de la cruz a la raya engarzando ese valioso material. Y recuerdo que le di muchas vueltas al título del libro, hasta que, por fin, propuse que se llamara «Fue posible la concordia». Por tanto, me siento coautor del epitafio que figura en la tumba del primer presidente constitucional. Creo que refleja bien el principal objetivo de su vida pública: superar de una vez, bajo el amparo de la Monarquía parlamentaria, la discordia entre los españoles.

Por entonces Suárez ya había empezado a sentir en su cerebro los zarpazos de la desmemoria, pero su pensamiento político seguía siendo lúcido y brillante. Ahora he recuperado este libro de un rincón de mi biblioteca –creo que no me queda más que un ejemplar– y he visto que en cierta manera es un buen compendio de esta etapa crucial de la historia de España. En el prólogo, que ahora tomo como una confesión testamentaria, dice Adolfo Suárez: «Pienso que, en mi actuación pública, no he hecho daño a nadie. Al menos, no tengo conciencia de haberlo hecho. A nadie he considerado nunca "enemigo". No creo que la política consista en una dialéctica de la hostilidad». Esta dialéctica de la hostilidad es la que acabó con él y la que se ha impuesto después en la vida política española y fuera de ella. La hostilidad y el sectarismo. Por eso la gente del pueblo gritaba silenciosamente, o no tanto, a los políticos en su despedida en la Plaza de la Cibeles: «¡A ver si aprendéis de él!». El pueblo ha perdido el respeto a la clase política porque la clase política se ha perdido antes el respeto a sí misma, el respeto de unos a otros. Por un momento, su muerte ha servido para recuperar la concordia y la dignidad política en España, con la única excepción de Artur Mas y compañía, con los comunistas descarriados a su lado, que van a contrapelo. Nada que ver Carrillo con Cayo Lara; nada que ver Tarradellas con Artur Mas. A Adolfo Suárez no le pillaría esto de susto ni se haría muchas ilusiones. En el mismo prólogo escribe: «La poda de la mala hierba que, desde hace siglos, crece entre nosotros necesita, tal vez, para su desarraigo muchos más años de los que puede abarcar la vida de un hombre. Es tarea de varias generaciones». Pues eso.

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