Gargantas sucias

No se trata de desvelar la identidad de los filtradores, ni sus intereses, ni sus bastardos objetivos, ni el pasado que les ha movido a hacer lo que están haciendo. Se trata de dilucidar si están jugando limpio y si su meta final es que salga a la luz la verdad, sólo la verdad y toda la verdad de un hasta ahora fantasmagórico caso de financiación ilegal o si por el contrario están sencillamente en la «vendetta» más baja y rastrera.

Todo periodista tiene no sólo el derecho sino la obligación de beber en el agua de sus gargantas profundas, de ampararse en el secreto profesional, de proteger la identidad de sus fuentes. Pero una cosa es eso y otra, zambullirse en una piscina de aguas turbulentas, embeberse en la suciedad, revolverse en lo verde y putrefacto y, acto seguido, pretender aflorarlo para ponerlo en conocimiento de un juez.

Sea o no un amiguísimo del inhabilitado Garzón el que ha puesto en circulación una pila de insidias y calumnias –así entendidas por el PP–, el cúmulo de incongruencias e imprecisiones que se empiezan a concretar sobre las cuentas del partido en el Gobierno es notable y lamentable. Lo cierto debe ser probado, y lo que entra en el terreno de la especulación hay irresponsables que sería deseable que se lo ahorrasen.

Aquí no estamos hablando, señoras y señores, de restañar cuitas o de incitar agarrones. España se juega mucho. Una crisis institucional sería un desastre para todos. Y nadie en su sano seso puede desear ahora que se deshaga el partido del gobierno, porque lo que tenemos enfrente es la nada, la alternativa nula, la tragedia, el vacío. Busquemos la verdad como si encontrarla mañana fuese una cuestión de vida o muerte. Pero no nos suicidemos en un intento que mañana podamos pensar que fue impulsado por la manipulación o la mentira de babosos compatriotas. Hayan o no hayan sido diputados.