Gibraltar (IV)

El reconocimiento por la ONU del carácter colonial de Gibraltar fue la culminación de un proceso sin titubeos donde todos los regímenes españoles – monarquías, repúblicas y dictaduras – ya que todos los políticos del signo que fueran reclamaron la devolución de Gibraltar. Al igual que los monarcas desde Felipe V, que Primo de Rivera o que Franco, Francisco Pi i Margall señaló «la patria está encogida porque está cercenada con la exclusión de Gibraltar»; Salmerón dijo que «Inglaterra extiende continuamente su dominio en el territorio de España» y Emilio Castelar proclamó: «Yo admiro mucho a la nación inglesa. Mas declaro que no puede ser nuestra aliada mientras posea Gibraltar». La misma actitud mantuvieron los dos presidentes de la II República, Alcalá Zamora y Azaña. Alcalá Zamora señaló: «Entre Inglaterra y España sólo se plantea e interpone un problema: el de Gibraltar. Han pasado más de dos siglos, podrían pasar muchos más y ese problema seguiría vivo», y Manuel Azaña escribió : «Toqué la cuestión del Estrecho haciendo ver la importancia de asegurar su dominio, en caso de guerra. Examiné la cuestión de Gibraltar y dije al Consejo mi propósito de preparar desde el ministerio de la Guerra los planes necesarios para tener aquel dominio». Lo mismo sostuvieron otros dirigentes de la izquierda como la anarquista Federica Montseny o el socialista Luis Araquistain que manifestó: «Gibraltar es un anacronismo histórico que debe avergonzar a todos los europeos de Occidente y no sólo a los españoles y a los ingleses». Esa situación no experimentó cambios tampoco al producirse la instauración de un régimen democrático en la segunda mitad de los años setenta del siglo pasado. Tanto los gobiernos de la UCD como los del PSOE mantuvieron la insistencia en la soberanía española sobre Gibraltar. Un aspecto que, por ejemplo, quedó reflejado en el Acuerdo de Adhesión (art, 299.4) a lo que luego sería la UE l indicarse que los asuntos relacionados con Gibraltar serían tratados entre España y el Reino Unido. La política exterior correspondiente a las dos legislaturas de Aznar mantuvo esa misma línea ininterrumpida de tres siglos, logrando avances verdaderamente notables siendo ministro de Asuntos Exteriores Josep Piqué cuando se abordó el tema de la soberanía. El acuerdo no se concluyó, finalmente –Gran Bretaña pretendía que fuera definitiva la solución cosoberanista y además que se consultara a los habitantes de Gibraltar, mientras España rechazaba ambos extremos–, pero significó un reconocimiento por parte británica de los derechos españoles. Al final, como tantas cuestiones, todo empeoró con ZP.