Golpe en la mesa

Agrandes males, grandes remedios. Pero una cosa es la contundencia, la seriedad, la in flexibilidad a la hora de atajar el escandalazo Bárcenas y otra, las estridencias, que no convienen ni al conjunto de los españoles, ni a los votantes o simpatizantes del PP ni desde luego al núcleo duro del partido en el Gobierno. El foco de inestabilidad que se generaría si alguien pretendiese matar un moscardón a cañonazo limpio sería desastroso. En tiempo y forma, la respuesta que sale de Génova y de La Moncloa es la que toca. Proporcionada y justa. ¿O acaso tendría que aparecer algún dirigente o ministro fustigándose en la plaza pública, quemándose a lo bonzo o simplemente rasgándose las vestiduras? ¿Qué se ganaría? Nada. ¿En qué clase de histeria se entraría? En la menos de las recomendables.

Sin embargo, a la espera de que Rajoy dé el golpe definitivo en la mesa y después del toque de Soraya Sáenz de Santamaría, lo más dañino ya está asomando. Y lo está haciendo en la feliz fórmula de cerco siempre de los mismos a la sede política siempre de los mismos. ¿O alguien dudaba de que la izquierda más troglodita tardaría en embarrar el terreno de juego esparciendo porquería por las calles y recuperando el manido «esto nos pasa por un gobierno facha»?

Si tuviesen decoro, el PSOE y algunos nacionalistas catalanes, o sea, los que sí se han financiado ilegalmente robando al contribuyente, deberían estar callados como muertos. Sabemos que no hay mayor arte que dominen que el de jalear y enredar. Pero no es ruido y furia lo que demanda la resolución de este caso sino diligencia, orden, claridad y urgencia.