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Hasta el mojito siempre

Tiempo de lectura 2 min.

29 de noviembre de 2016. 22:23h

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Lucas Haurie 29/11/2016

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En su tercer libro de viajes, Dani Pinilla se pasea por Cuba con mirada virginal, la del reportero que sólo es tributario de lo que observa. Tuve la fortuna de que mi amigo me requiriese para presentar en Cádiz su «Hasta el mojito siempre» (editorial Samarcanda), un relato escrito casi en forma de diario de los tres meses que el autor estuvo en la isla, culminados con la cobertura que realizó de la histórica visita de Barack Obama. Elaborado sin prejuicios ideológicos ni aditivos políticos, es un retrato honesto de la realidad de un país tiranizado por un régimen feroz que sin embargo, como cualquier obra humana, contiene alguna luz. ¡Faltaría más! Ocurre que aquí, nuestra progrez se apresura a cantar loas a un sátrapa que ha amasado una fortuna billonaria, con b de barbaridad, mientras sus compatriotas están condenados a la malnutrición debido a que sobreviven con cartillas de racionamiento desde 1963. La obsesión antiamericana (Jean François Revel) de la izquierda europea propicia que dirigentes como Teresa Rodríguez confundan la dieta hipo-proteica con la dignidad, que es como confundir el culo con las témporas. Expelen declaraciones preñadas de idiotez y analfabetismo que, por demás, constituyen un insulto a los miles de represaliados podridos en las lóbregas mazmorras del castrismo. No hay atisbo de dignidad para los habitantes de un lugar en el que cualquier turista puede intimar con una familia al completo, incluidos hijos adolescentes de ambos sexos y abuela sabrosona, a cambio de un cartón de tabaco o dos tubos de dentífrico. A esta triste condición ha reducido Fidel a sus súbditos: putas tristes, escribiría su cínico esbirro colombiano, a la caza de la caridad lúbrica de los adoradores del Che Guevara, ese psicópata del que tuvo el acierto de librarse.

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