Política

Hay que reaccionar

El movimiento secesionista en Cataluña está creciendo y ensanchándose. En la sociedad catalana se admite ya como un suceso normal el hecho de la independencia. O, por lo menos, su posibilidad. La maquinaria de la propaganda está funcionando a tope. Hasta los empresarios, según Rosell, están tomando posiciones ante la nueva situación. Que la pela es la pela. Naturalmente para eso está empleándose dinero público a chorros tanto dentro de la comunidad como fuera, sin que nadie pida cuentas del despilfarro, mientras Montoro tiene que acudir con la bolsa de la limosna para que el Gobierno de Artur Mas pueda hacer frente a los acreedores y brindar con cava a fin de año. La asfixia económica, que funcionó en Canadá con Quebec, aquí no se les ha pasado por la cabeza en la Moncloa. Eso no impide, como se ve, que crezca allí el victimismo y la presentación permanente de España como la madrastra anticuada y cruel.

Esto quiere decir que el tiempo trabaja a favor de los secesionistas. La solución no es dar largas al asunto y esperar pacientemente a que entren en razón al comprobar las consecuencias desastrosas y concretas de semejante disparate. Por lo pronto, estos riesgos ciertos y concluyentes no están llegando de forma efectiva a la opinión pública catalana, sino todo lo contrario. La presión emocional desde los poderes públicos los minimiza y ridiculiza, convenciendo a la gente de que se trata de la típica maniobra de los centralistas. A la exclusión de Cataluña de la Unión Europea y de la decisiva cobertura de la OTAN -¿adónde va sin Ejército ni moneda, elementos esenciales de un Estado?- responden los propagandistas oficiales: «Eso ya se verá». Y tanto que se verá. Mejor que no tengamos que verlo. La ruptura social, tan dolorosa, tan irreparable, se ignora sin más. Con la independencia todo irá mejor, dicen. Una estupidez semejante está calando cada vez más entre la gente, incluso entre los empresarios. Funciona la espiral de Neuman. Casi nadie se atreve a disentir de la tremenda presión oficial. Y así resulta que lo que ayer era una quimera hoy se ha transformado en un sueño al alcance de la mano.

Desde Madrid la única iniciativa seria y potente hasta ahora ha sido la escenificación del acuerdo entre socialistas y populares. En esto Rajoy y Rubalcaba han estado a la altura de las circunstancias, aunque difieran de la solución: el líder del PSOE propone una reforma de la Constitución para dar nuevo encaje a Cataluña en España y el líder del PP no lo considera oportuno ni conveniente. No faltan los que atribuyen virtudes milagrosas al bálsamo del diálogo entre la Generalitat y la Moncloa; pero el presidente del Gobierno desconfía de que una conversación con Mas, al que parerce difícil contentar con concesiones menores para salir del embrollo en que se ha metido y nos ha metido a todos. Cualquier concesión la aprovechará para la causa, lo mismo que cualquier negativa o desaire. Así que parece que se impone, ante la grave situación, una movilización general cívica, con los recursos que haga falta, para contrarrestar tanto despropósito. Urge reaccionar.