«In situ y ex situ»

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Era ministra de Asuntos Sociales la socialista Matilde Fernández. Su Ministerio se ocupaba del reparto de las subvenciones, entre ellas, la de financiar en Libia un estudio sobre la genética de las lentejas. La Asociación de Víctimas del Terrorismo solicitó cuarenta millones de pesetas –240.000 euros– para becar los estudios en colegios y universidades a los hijos de las víctimas, en su mayoría hijos de guardias civiles, militares y policías nacionales.

La solicitud fue denegada. Desde el ABC de Luis María Anson, con Mauricio Casals y Joaquín Parera en el tajo y el apoyo de Guillermo Luca de Tena, se abrió una suscripción pública para remediar tan intolerable injusticia. Y en muy pocas semanas, no sólo se cubrió la cantidad desatendida por la señora ministra, sino que se triplicó. Coincidió la negativa del Ministerio de Asuntos Sociales con la aparición de una revista guarrísima subvencionada por el desdichado ministerio titulada «La Boletina», cuyas páginas estaban exclusivamente dedicadas a convocar «talleres de masturbación», «seminarios de compenetración sexual» y poemas con el chichi como fundamental protagonista. La señora Fernández hizo el ridículo y los hijos de nuestros héroes asesinados accedieron becados a colegios, Colegios Mayores y Universidades.

Los chocolatitos del loro son chocolatitos, onzas de tableta, pero sumados suponen una carga para el contribuyente tan necia como innecesaria. Muchos no hemos referido a la chulería institucional del mundo del cine, y a las centenares de películas que hemos financiado los españoles y que no llegaron a estrenarse, e incluso, ni a producirse. No obstante, la subvención a un producto que puede camuflarse en la cultura siempre tiene más justificación que otras.

Gracias a la sagacidad y paciencia de Juanma Álamo, colaborador de Libertad Digital, hemos sabido de una relación de subvenciones gubernativas que sólo pueden inspirar, además de irritación, un mayúsculo cachondeo. Los contribuyentes ignoran el destino de su dinero. Existen centenares de Oenegés y asociaciones buenistas que derrochan el dinero público en monumentales chorradas. Así por ejemplo: «Viabilidad del sistema silvopastoral roble-cerdo celta en la Galicia Atlántica». Se me antoja muy interesante esa viabilidad, pero me choca lo de «Silvopastoral» en lugar de «silvopastoril». No se me antoja respetuoso que la unión del roble y el cerdo celta pueda confundirse con un prelado de la Iglesia. «Conservación in situ y ex situ de la gallina valenciana de Chulilla». Está claro que si la gallina valenciana de Chulilla se conserva en Chulilla, es una conservación «in situ», pero si se lleva a cabo en Alcobendas es «ex situ». También hay dinero para el «Simposio Internacional de manejo integrado de plagas de solanáceas». Y me parece bien. Más aún, cuando asimismo financiamos los «Encuentros Internacionales de curcubitáceas», de las que no tengo opinión formada por ignorar qué son y a qué se dedican las curcubitáceas en cuestión. Se subvenciona también «la Jornada Frutícola de Mollerussa» y la elaboración de una «encuesta de prevalencia y características de la violencia contra las mujeres en Bolivia». No se preocupen. No olvidamos a los palestinos. También se financia la «convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer y su aplicación en Palestina». Menos mal.

Y se dedican 300.000 euros –cincuenta millones de pesetas– a la «ejecución del Proyecto de gestión de conflictos rurales y salvaguarda de los espacios pastorales (de nuevo la irreverencia), en las regiones de Maradí y Tahoua».

En resumen. Que «in situ» o «ex situ» estamos rodeados de sinvergüenzas, golfos y cretinos. Más «in situ», para nuestra desgracia.