Insignificante

La declaración de «soberanía» aprobada por el Parlamento de Cataluña no es nueva en casi ninguno de sus términos, como demostró ayer LA RAZÓN. En cambio, está teniendo efectos destructivos inmediatos, y no en el ámbito nacional sino entre las fuerzas políticas catalanas que deberían estar enraizadas en el centro del espectro político y se han dejado arrastrar por el radicalismo de ERC. Los republicanos son la única formación que consigue sacar adelante su línea: la misma que ha llevado a la ruina a Cataluña.

Además, la declaración carece de efectos jurídicos, como hace bien en subrayar el Gobierno central (en Estados Unidos lo llaman federal). Y sobre todo, es una declaración incomprensible en sus motivos y en su significado. Ésa es la gran novedad. El nacionalismo apareció en España, como en muchas otras zonas de Europa, a raíz de una crisis general, política y existencial, ocurrida a finales del siglo XIX y principios del XX. Desde mucho tiempo atrás existían aquí grupos con conciencia de su propia identidad lingüística, cultural, social e incluso política, pero hasta entonces esa conciencia no se había traducido en un proyecto nacionalista. Terminado aquello –dos guerras mundiales después–, los nacionalismos se perpetuaron en España porque aquella gran crisis había puesto en cuestión la idea nacional y todo el siglo XX, en nuestro país, ha tenido como hilo conductor esa puesta en cuestión de la idea misma de España.

Hoy en día, padecemos una crisis económica y política de fondo, pero hemos empezado a dejar atrás la crisis nacional, al menos en la forma en que dio pie a los nacionalismos. Nadie ve en España un proyecto metafísicamente imposible. Nadie ve España como un país subdesarrollado y atrasado, ajeno al tronco común de la cultura europea. Nadie ve en España una sociedad parasitaria y brutal, dedicada a vivir de Cataluña y a explotar a los laboriosos catalanes. Nadie ve en España un país sin civilizar, en el que Cataluña (la Cataluña de los nacionalistas) nos iba a enseñar a comportarnos de forma educada.

Sólo fuera, entre quienes todavía siguen imaginando España como el país romántico que nunca fue, sobreviven algunos retales de esas fantasías. Así que lo que tuvo alguna verosimilitud hace muchos años, y lo que se mantuvo vigente durante bastante más tiempo, está perdiendo cualquier actualidad. Casi nadie entiende ya el significado del nacionalismo, que aparece cada vez más como un repertorio de gestos excesivos, desorbitados, ajenos a la realidad común que vivimos los españoles, incluidos los catalanes.