Jerusalén, Jerusalén (II)

Desde hace décadas en España hemos vivido el espantoso –terrible, realmente– espectáculo de ver cómo se persigue la lengua española en regiones como Cataluña. Peor aún. Hemos contemplado cómo las resoluciones de los más variados tribunales intentando que se respete un legado de tanto valor como la lengua común de todos los españoles son desobedecidas por los nacionalistas con despectivo y cruel empecinamiento. Quizá por eso, lo que he encontrado estos días en las calles de Jerusalén resulta aún más doloroso. Hablar con Ruth Fine, la presidenta de la Asociación de Hispanistas Israelíes, conduce de forma dulce al descubrimiento de que el español es la lengua más requerida en Israel sólo tras el inglés; que la traducción del Quijote al hebreo bate records y que vienen alumnos de todo el mundo a estudiar la lengua de Cervantes a la Universidad de Jerusalén. Pero cuando a uno se le saltan literalmente las lágrimas es cuando en amigable charla con Eliezer Papo, un sefardí nacido en Sarajevo, descubre que puede entenderlo aunque habla en el castellano anterior a la expulsión de 1492. En el curso de aquella tragedia se vieron desarraigados de Sefarad también judíos que habían vivido en Cataluña durante siglos. Sin embargo, no deja de ser significativo que esos judíos no se llevaran al exilio secular el catalán u otras lenguas peninsulares. Sólo tuvo ese destino glorioso el castellano que se convertiría en español y que lo ha seguido siendo. Sí, el español es una lengua entrañablemente amada en Israel, más incluso que el bellísimo ruso que ha venido con más de un millón de inmigrantes procedentes de la antigua Unión soviética, pero que no disfruta de la misma capacidad de atracción entre los ciudadanos de ésta, la única democracia de todo Oriente Medio. Emociona, conmueve, sí, pero también remueve cuando se compara con lo que vivimos en territorio español. Entre tantas otras desgracias que podemos atribuir al nacionalismo catalán es que haya endemoniado la política española para que lo mismo se abuchee a los príncipes –¿por qué si don Felipe es príncipe de Gerona en concesión a mantener la unidad nacional?– que se sigan vaciando los bolsillos de los ciudadanos españoles para mantener inmensos pesebrales y, sobre todo, que se tire por la borda un caudal tan extraordinario como es la lengua española. Qué triste que lo que puede comprender sin problemas un judío procedente de Lituania, Polonia, Etiopía y, por supuesto, Argentina se empeñe en negarlo asnalmente alguien que nació en Barcelona.