«Kichi» y la risita

La Razón
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Para celebrar sus primeros cien días como alcalde de Cádiz –gracias a Pedro Sánchez–, el tal «Kichi» reunió en una plaza al mismo número de personas, más o menos. Se distribuyeron muy bien para parecer que eran más, pero el festejo salió chungo. Sólo el resentimiento y la necedad de Pedro Sánchez son capaces de conseguir que una de las ciudades más cultas, ingeniosas y abiertas de España tenga al tal «Kichi» de alcalde.

Algunos asistentes subieron al estrado y hablaron. O mugieron. O bramaron. Uno de ellos, cuya identidad ignoro y he tomado la decisión de mantener mi sana ignorancia, se hizo sus necesidades, se estercoló, «en los muertos de la Guardia Civil». Y el señor alcalde esbozó una risita. Le hizo gracia. En la ciudad de la gracia y el talento su alcalde sonrió cuando un energúmeno, un grosero y un malnacido se «acordó» de los muertos de la Guardia Civil, que son los muertos de todos los españoles decentes. Para el juez Pedraz, un detalle de «humor negro», probablemente.

Recuerdo una imagen. Un joven guardia civil había caído asesinado por el terrorismo etarra. Era diputado por Herri Batasuna Jon Idígoras. Al mismo tiempo que el servidor de España era enterrado en un pueblo de Castilla, Jon Idígoras, el nauseabundo etarra que en paz no descanse, llegaba y accedía al Congreso de los Diputados. Y el guardia civil de la entrada se cuadraba y saludaba militarmente al representante de los asesinos de su compañero. Eso es la Guardia Civil, mostrenco gaditano. La que recoge los cadáveres destrozados de sus niños, muertos entre los escombros de la Casa-Cuartel de Zaragoza, y sabe que su deber es la justicia y no la venganza. Eso es la Guardia Civil. La denostada, malherida, despreciada e insultada por un considerable número de españoles que no merecen serlo. Pero también es la Guardia Civil que levanta las flores y los aplausos más emocionados y encendidos de la buena calle cuando desfila. Y la que recibe diariamente centenares de felicitaciones y gratitudes de los españoles que pasan ante sus cuarteles, los que valoran que mientras ellos descansan, los guardias civiles siguen trabajando desde su cansancio. Y de pronto, en Cádiz, en la ciudad con más talento luminoso de España, la siempre liberal y tolerante, un hijo de mala madre se ríe y hace reír a su alcalde con su procacidad estercolada sobre los muertos de la Guardia Civil. Y uno se pregunta cuál es el límite de lo admisible, y no puede encontrar la respuesta porque en una sociedad infectada por una porción de miserables que sólo buscan la destrucción de España, los jueces conceden la razón y la comprensión a esos miserables.

Y no son miserables sueltos que aprovechan la ocasión para demostrarlo. Están organizados y cuentan con los apoyos políticos y sociales de muy poderosos círculos que se financian con el dinero de Venezuela y de Irán. Saben que pueden estercolarse en los muertos de la Guardia Civil porque a sus alcaldes les hace gracia. Y después se desdicen, y lamentan haber sido víctimas de un calentón emocional, y piden disculpas hasta que otro calentón emocional les lleva a esparcir sus excrementos porcinos sobre la Virgen del Pilar, como hizo el cobarde de un cómico hace apenas una semana. Un cómico que ha vivido del dinero de los españoles, que anunció que se instalaba en Cuba, y que a los dos meses de estancia en el paraíso de los Castro, volvió a España en pos de nuevos dineros subvencionados y de una libertad para insultar, que en Cuba se castiga con la cárcel.

Ese alcalde impuesto en Cádiz por Pedro Sánchez, el regenerador, el insustancial, está obligado a disculparse. No por el procaz insulto de otro, y sí por su sonrisa al oírlo. Al fin y al cabo, era su fiesta. Y por ser también el alcalde de los guardias civiles de Cádiz.